Desconfianza

DesconfianzaTobillo roto. Escuchó que tronó algo debajo de la media, justo debajo de las agujetas, pero corrió igual.

Este especie de súper hombre, o tal vez un remedo de héroe, respiró un último pique, un arranque final que lo catapultara al área con posición franca de gol. El pie no le respondía. El derecho por el dolor, el izquierdo por imitación. Pero corrió igual.

Cada vez más lejos el balón, cada vez más cerca el llanto, se empeñó en ganar el partido y se adelantó a sus marcadores, quienes con tobillos sanos no podían tomar esa velocidad que sólo da el coraje, el ímpetu.

Se internó al área y en su reojo apareció el primer bosquejo de red. Dos pasos más, cada vez más punzantes, y apareció en el sesgado panorama algo con forma de poste. Era hora de preparar el disparo.

Fijó bien el zapato zurdo, parpadeó una última vez previo al esfuerzo y pateó tan fuerte como pudo.

Cayó del dolor, gritó del dolor. En el césped, mientras estrangulaba lamentos que querían convertirse en aullidos, escuchó un rugido de celebración. Lo hizo. Marcó el gol y se agenció la gloria del triunfo y del campeonato.

Salió en hombros y así dio la vuelta olímpica. Suerte para él, porque de otra forma no pudo haber recorrido las cuatro tribunas. ¡Nunca vi llover tanto aplauso junto! Él, como paladín, ocultó cualquier mueca que desnudara su dolor. Pero yo me di cuenta. Desde atrás de la red, justo cuando pateó, escuché un quejido nada parecido al esfuerzo y sí muy semejante al drama. Será que mi admiración mandó la atención a sus sonidos y a sus gestos más que a su jugada.

Minutos después, como único enterado de su desbaratado pie, me acerqué para pedirle una entrevista. Sería, para mí, la forma de reconocerle su hombrada. Mil veces vi tipos que abandonaron la cancha por un rasguño, y este titán había engendrado un gol tan dramático como sensacional, con sólo algunos trozos de hueso en su lugar. Todos debían saber cuánto costó ese gol, cuánta angustia hubo detrás de aquella ilustre jugada.

«¡Suárez, esto debo contarlo, debe platicarlo», le grité mientras él disimulaba la cojera. No respondió.

Avanzó 7 pasos, cada uno más chueco que el anterior, volteó, y me dijo: «Gracias, pero no quiero desconfiar de los aplausos».

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4 comentarios

  1. Regina martes 1, febrero 2011 at 21:11

    Cuánta falta hacen ahora este tipo de hombradas… no que se rompan el pie y sigan jugando, sino que deveras se deje el alma, el espíritu por hacer algo que amas… que reviva ese espíritu y el amor por jugar futbol!!!… saludos Jairo, bonita historia!!! =D

  2. Jairo Martínez martes 1, febrero 2011 at 21:15

    La hombrada, además, está en no explotar la desgracia para obtener más halagos… Gracias Regina, un placer.

  3. Isaura L. martes 1, febrero 2011 at 21:40

    Yyy… te quedó bonito.

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