La frustración de no ser futbolista

Dicen por ahí que los periodistas enfocados al balón son futbolistas frustrados. ¡Cuánta razón! Y la frustración de irrumpir el sueño de convertirse en futbolista proviene de diversas causas: lesiones, imposiciones familiares respecto al futuro o miedo al éxito. Pero habemos algunos que nacimos con un gen rebelde y enemigo de las disciplinas, totalmente opositores a regímenes de control físico y mental. Tal es mi caso.

Recuerdo que durante mi etapa en Inter, equipo de la colonia, no había suplicio más grande que entrenar. Por el contrario, era un deleite sentarse a escuchar las indicaciones del “Güero”, nuestro técnico. No todos compartían mi visión, pues algunos se enorgullecían del acondicionamiento físico porque creían que eso les daría la musculatura y cuerpo necesario para captar la atención de las chicas de la cuadra.

Uno en verdad disfrutaba de los conocimientos y sapiencia de ideas futbolísticas que poseía el “Güero”, mismas que de su voz eran seducción pero aplicadas al terreno de juego nada más no nos salían: o las ejecutábamos mal o no entendíamos ni un carajo. Al principio –hasta la fecha desconozco sus motivos- el “Güero” me ponía como medio de contención, posición en la que no di una durante cinco partidos.

Fui alto, corpulento, aguerrido y nada temeroso. En contraste, poseía defectos como lentitud y poca técnica. Un buen día me mandó llamar para decirme que jugaría como defensa central junto a Anibal, un chavo que era la elegancia misma en la defensiva: toque, velocidad, amo de los tiempos. Sin embargo, Anibal tenía una falla: era muy noble, temía rozar o chocar al rival por miedo a que lo expulsaran, golpearan o sacaran de cambio. Le tenía pavor a la derrota o al fracaso debido a que él sí entrenaba como Dios manda con el único propósito de llegar muy lejos en el fútbol.

Total, me pusieron con él y la indicación del “Güero” fue muy clara: cuídalo. Para ese partido, y por ende en los consiguientes, Anibal tenía como encomienda jugar un poco más adelantado para ayudar en la recuperación al medio de contención, el “Matas”. Sabedor de mis capacidades y torpezas, el “Güero” me dijo: “Anibal tiene de sobra pero tú tienes lo que a él le falta. Gasta las patadas, piensa tu tarjeta e intimida al rival. Eso sí, nunca vayas con intención de lastimar”.

Desde ese partido hasta final de torneo, donde quedamos en cuarto lugar de 28 equipos, me dediqué a cuidar las espaldas de Anibal dándole cariños a piernas, tobillos y cuerpos flacos o delgados. Claro, también me llevé mis recuerdos reflejados en trompadas, mentadas de madre y amenazas. Sólo fui expulsado una vez por acumulación de tarjetas.

En el penúltimo partido, el “Güero” quiso darle oportunidad a los chavos que regularmente entrenaban para estar en la banca: el “Pachas”, el “Memo”, el “Caimán” y el “Trompas”. Decidió mandar a Anibal de suplente. Perdíamos 3-1 y el “Pachas” dejó su lugar a Anibal. Lo primero que hizo al entrar fue susurrarme: “cuídame. Me siento nervioso”. Su petición terminó por ponerme nervioso a mí también, más aún al verlo correr de un lado a otro sin sentido, errando balones y reclamándole a todo mundo. ¿Pues qué chingados le pasa?, me pregunté.

Luego de que un rival le hiciera un túnel digno de darle coraje a cualquiera, Anibal se quedó parado, temblando; dejó pasar al enemigo y tuve que ir a corretearlo para meterle una patada cruel y despiadada que me costó la roja directa y un terrible remordimiento por haberle partido el tobillo. Al ver al rival tendido en la cancha de tierra, Anibal corrió hacia el Güero y le metió un puñetazo seco y frontal. ¡Se armó la campal entre nosotros mismos, el Inter!

“No me vuelvas a dejar en la banca, cabrón. Jamás lo vuelvas a hacer. Me parto la madre todos los días entrenando para jugar y ser una estrella y tú sales con tus mamadas de mandarme a la banca. No estoy dispuesto a destruir un sueño por tus pinches decisiones. No me mandes a mostrarme en un partido que tenemos perdido; yo quiero ganar, siempre ganar”, gritó Anibal a un “Güero” ensangrentado.

Para la siguiente temporada, y a raíz de la agresión, el “Güero” se puso más estricto con la disciplina: nos llegó a pedir copias de la boleta de calificaciones y entrenamiento de dos horas diarias. Me rehusé y fui a pasar penas con otro equipo. Pasaron los años y un buen día me encuentro a la madre de Anibal, le pregunté por él y me dijo que iba a visitarlo. ¿Dónde vive o qué? | No le digas a nadie pero mi hijo está en tratamiento psiquiátrico. Lleva un año internado | ¿Por qué? | Su obsesión por ser el mejor y no perder hicieron que su vida fuera puro fútbol.

Anibal fue a hacer una prueba en Atlante y le dijeron que no tenía condiciones. Brutal revelación para una persona como él, quien tras el duro golpe se dedicó a entrenar cinco horas diarias y ver partidos a cualquier hora del día. Fue tal su obsesión que perdió nociones de la realidad y llegó a manifestar paranoia porque creía que el mundo estaba en su contra.

Mi frustración por no ser futbolista fue una elección de la que no me arrepiento y a la fecha sigo con mi oposición a ciertas disciplinas; el periodismo es una buena terapia para superar traumas. En cambio, Anibal encontró otra salida y hasta la fecha no se recupera. Dejé de cuidarle las espaldas; jamás quiso cuidarse a sí mismo.

8 comentarios

  1. Marinno RL miércoles 9, marzo 2011 at 13:09

    Wow!!! intenso!!! pobre Aníbal, y ya me imagino el buen putazo que le metió al profe ajajajajaja.

    Quizá por eso yo también escribo historias de futbol, una forma de proyectar, escribir e imaginar lo que pasa en el campo de futbol… una forma de canalizar mi frustración de ser futbolista.

    Saludos y excelente historia… una vez más, gracias Elías!!

  2. Francisco Alcorta jueves 10, marzo 2011 at 6:19

    IMPRESIONANTE! Otra excelente historia, se la leí a mi hermano (cinéfilo desde el vientre de mi madre), me dijo que estaba buena para un guión. Gracias por compartirla Elías, tampoco me gusta perder (ni en FIFA 11) pero he aprendido a asimilar las derrotas. Pobre Aníbal, ojalá se recupere.

    • Elías Leonardo viernes 11, marzo 2011 at 11:28

      Francisco, no sé si dé para un guión pues en historias que escribo para cortos y largos no acudo al fútbol. El balón es sagrado para este espacio y digamos una expresión literararia en mi caso. Pero consideramos la opción de tu hermano. Un abrazo

  3. franciss ortega lunes 23, mayo 2011 at 3:13

    A mi tampoco me gusta perder, por eso no juego fifa (apesto, solo me frustro) y mi madre siempre ha temido que me pase lo que a Anibal pero por suerte tengo la capacidad y humildad para aceptar una derrota por dolorosa que sea. Es bien sabido que el futbol puede hacerte perder la cabeza y es que hay mentes tan débiles…

  4. anibal viernes 9, marzo 2012 at 22:27

    la vida no es la misma sin futbol

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