Dragoslav Šekularac según Vladimir Dimitrijević

“Esa ilusión que era real, porque era alegría”, Vladimir Dimitrijević en La vida es un balón redondo.

El apellido Šekularac les puede sonar porque en 2010 declaró que previo a la tanda de pénaltis, Olympique de Marsella intentó sobornar al portero Stevan Stojanović para que se dejara vencer en la final de la Copa de Europa. Stojanović se negó por una poderosísima razón, amaba a su equipo y a su país, la extinta Yugoslavia. Ese día, 29 de mayo de 1991, Estrella Roja, club del que Šekularac fue máxima figura medio siglo atrás, le daría gloria a su gente al consagrarse campeón de lo que hoy conocemos como Champions League.

Dragoslav Šekularac es el mismo que dirigió al América en los noventa. Su paso efímero por nuestro país es digno de olvido, sin embargo sería ingrato pagarle con esa moneda al hombre que, sin saberlo, dio sentido a la vida de quien es hoy un notable escritor.

Me refiero a Vladimir Dimitrijević, quien a raíz de la Segunda Guerra Mundial se exilió en Suiza, donde muy joven desempeñó labores de jardinero y vigilante. Pero su gusto por la literatura lo llevó a trabajar de librero, oficio y pauta para posteriormente convertirse en editor. En 1966 fundó su propia editorial, una de las más importantes en el viejo continente, L’Age d’homme.

En 2005 publicó La vida es un balón redondo, compilación de anécdotas y experiencias que nos adentra en el ambiente bélico y la pobreza, donde el único sueño posible y sin restricciones era el fútbol. El autor nos detalla los estragos de jugar con pedazos de yeso al amparo de las ruinas, “marcas de carbón y luego hematomas rojos y redondos”.

Fútbol con latas de conservas a ras de la tragedia, Dimitrijević por fin tuvo un balón en los pies. Pateándolo con “zapatos azarosos e imprevisibles” encontró en otros jóvenes el mismo anhelo, jugar. Con aquellas zapatillas “que se rellenaban con papel periódico para llenar el vacío” soñaba con driblar, gambetear, anotar.

Y fue en el patio de su escuela donde encontró el sentido del fútbol. Un jovencito menor que él se les unió en un partido, “¡y fue un milagro lo que vieron nuestros ojos!”, expresó Dimitrijević para referirse al talentoso y recién integrado muchacho. Tras verlo jugar, Dimitrijević comprendió que el fútbol era más que un gol, era la vida misma, era posibilidad. En el fascinante juego del recién llegado vio un mundo esperanzador entre tanta miseria.

Dimitrijević huiría de Yugoslavia a los 18 años con una lesión de por medio, misma que le impidió ser jugador profesional. Alejado de su tierra, de los suyos, emprendió una batalla para encontrarse, y el camino lo puso en la literatura. Ya instalado en este siglo XXI, el escritor definió con esta frase el origen de aquel joven que, con su destreza futbolística, le mostró que otra vida era factible: “mucho antes de que se convirtiera en un jugador célebre, sus piernas ya estaban cubiertas de un denso tejido de cicatrices”. Se refería, claro, a Dragoslav Šekularac.

4 comentarios

  1. isaura ele sábado 19, marzo 2011 at 10:11

    Lo que pasa es que el futbol cuando acompaña a la gente, lo hace con toda, incluidos los escritores. Y los libros cuando acompañan a la gente, lo hacen con toda, incluidos los pamboleros.

    Bonita nota.

    Saludos

  2. uriel garcia jueves 22, marzo 2012 at 11:33

    Tu comentario quiero conseguir este libro en ingles ALGUINE SABE DONDE¿¿

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