El golazo de Ricken

Era la época de Zidane en Juventus, del Calcio dueño de Europa y de la Vecchia Signora como principal estandarte. Lo heredó del Milan y entonces se apoderó de la atención con el impresionante cerebro francés a la cabeza, con Vieri a la caza del gol, con Del Piero grabando su nombre en la historia, con Angelo Peruzzi dueño de los tres postes, con Deschamps impasable y Montero y Ferrara en retaguardia.

La fiesta del expansionismo bianconero se trasladó a München en el 97: el Olímpico recibió al vigente campeón que nunca contó con la sorpresa alevosa del retador, también alemán. El buen fútbol del Borussia Dortmund estropeó cualquier intento de bicampeonato y le mostró al mundo otra cara del balón que se perpetuó a la eternidad.

Así pues, los de Turín se encontraron con otro grande y muy bien conformado conjunto. Con una idea perfecta de desarrollo de juego aplicado que se distendía y poco le permitía mostrar a los rivales. Ottmar Hitzfeld en su máximo esplendor… comunicación por toda la cancha, pelota total y siempre hacia adelante, incluso a la hora de defender.

El jugador más valioso de la noche en München fue Karl-Heinz Riedle, autor del doblete que puso de cabeza todo y terminó por entregarle la copa al Borussia. El delantero, incluso lució mejor que el estelar suizo Chapuisat, compañero al ataque. Pero fue una oda al equipo en sí. Todos para uno y uno para todos, por el bien del fútbol. Eso implantó Hitzfeld, que le ganó de pe a pa la estrategia a Lippi.

Y aunque Del Piero acortó distancias con apenas 18 minutos en la cancha (entró por el zaguero Porrini a revolucionar y esperanzar a la Juve tras el descanso), la victoria amarilla estaba dictada.

Entonces llegó el momento, la estampa… esa postal que resume la gran diferencia entre uno y otro y que congració al Borussia como el mejor. Minuto 71, descolgada rápida, inteligente, precisa. El trazo mágico, al hueco, deja al joven Ricken -sustituto de Chapuisat- solo frente a Angelo, con balón en movimiento pero todavía lejos de la portería y del mismo guardián. Escribió la conclusión perfecta de la obra: volteó hacia el suelo se visualizó campeón y le metió el empeine a la bola que, suavemente, perfecta, hermosa, se coló mágicamente en las redes del impotente y asombrado Peruzzi.

El mundo, la Champions y el buen fútbol se tiñeron de amarillo y negro en ese preciso instante.

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