Tuquita y Chelón vuelven a la carga

Chelón fuma en su regresoY de repente reaparecieron en el café de siempre. Apenas los vimos y pa´ luego es tarde clientes y comensales nos lanzamos hacia ellos entre aplausos, vítores, abrazos y uno que otro beso. No estaban muertos ni tampoco anduvieron de parranda; Justiniano y Decio de todas las vírgenes los desaparecieron encerrándolos en una mazmorra. Como pudieron se escaparon y afortunadamente ya están con nosotros.

“Cagajo, ya déjense de sus sensibilidades y denme de comer”, gritó Tuquita mientras empujaba a Sergio. “Ya no me abraces, peguejo”. Por su parte, Chelón era el vivo retrato del sentimiento: lloraba y lloraba por la emoción de ver cómo lo extrañamos. “Ay…ay…ay, me llega aquí, muy profundo”, dijo sobándose el corazón.

Comieron y bebieron como auténticos cavernícolas. Chelón hasta se fumó una cajetilla en menos de media hora. Una vez que reposaron panza y cogote, dieron rienda suelta a contarnos su “secuestro”. El primero en tomar la palabra fue Tuquita, pues Chelón se transformó en una plañidera nomás de recordar el calabozo. “Ya no llores, chingao” / “pues es que me pega”. En fin.

Se extraviaron de nuestro mundo porque Justiniano y Decio los consideran un peligro para el fútbol mexicano e incluso para la nación. Sintiéndose infalibles e intocables no iban a permitir que este par se les pusiera al brinco cuestionando la porquería en la que tienen sumido a nuestro balompié. Majaderos y sensibles, Tuquita y Chelón son amados y reconocidos porque si algo saben es no callarse. Pero como a Justiniano y Decio les molesta que hasta el aire se exprese intentaron silenciarlos de todas formas: multas, multas y más multas. Sin embargo, Tuquita y Chelón se rehusaron a pagar y agachar la cabeza ante tal injusticia.

Fue entonces cuando Justiniano y Decio no encontraron otra alternativa que desaparecerlos. “Llegó un helicóptero a Monterrey y tres tipos vestidos de obispos me golpearon con cadenas y me durmieron con formol. Me dijeron que ahora sí me cargaría la mague y que iba a pagar por darle lata a esos cabones”, narró Tuquita a la par de que se bebía un tepache.

“Por mí entraron al cine. Fui a ver una de Woody Allen y de repente sentí un garrotazo en la cabeza y me desmayé. Lo último que recuerdo es a Allen criticando a Freud. Una vez que desperté ya estaba en la mazmorra. Y me desperté porque Tuquita estaba mentando madres a unos barrotes”, ahondó Chelón. “Es que los barrotes estaban llenos de cagada”, precisó Tuquita.

Después de compartirnos su penar, para relajarse, pidieron que bailáramos junto con ellos Disco Connection, de Isaac Hayes. Y lo hicimos. El café de siempre terminó siendo un congal maravilloso, una auténtica fiesta. Tuquita se pasó de copas y orinó en donde cayera, así fueran los pantalones de Sergio. Chelón era el alma de la fiesta: se puso una peluca de Luis XV y bailó con todo mundo.

Este par volvió a la carga y vayan ustedes a saber qué barbaridades nos tengan preparadas.

2 comentarios

  1. isaura ele jueves 19, mayo 2011 at 16:44

    Bienvenidos de regreso.

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