Cortés y valiente con el fútbol

Son casi las dos de la tarde. El sol vuelve más densa la cancha del Estadio Olímpico Universitario, la convierte en alberca de pasto, detiene el impulso de cualquier irreverencia emocionante. Pero ya nadie habla de eso en CU. Al contrario, los sudores que se plasman en la marea popular significan tensión, alarma, adrenalina pura, fantasía palpable.

De pronto, sorprende el anuncio extraordinario. Cerca de la esquina la gente comienza a pararse y contagia al estadio completo. El murmullo se transforma en coro y el coro en concierto. Crece todo mundo, las manos se inquietan y se alzan al cielo señalando lo inmenso.

Javier Cortés tiene la solución para la insolación, el repelente perfecto. El chamaco se vuelve monstruo e intercambia su gol por algo inextinguible. Hace patente su sello característico, el del buen fútbol, y se consagra y consagra a su equipo.

Entonces la fiesta se queda. Ya nadie para de gritar y de saborear el momento. Las sensaciones se multiplican y los sentidos sufren la metamorfosis de amalgamarse por un instante. La unión es tan cortés entre sus partes, que invita a la comunidad azul y oro a corear a su héroes… porque además del remedio patentado en el número 15 universitario, está una institución que multiplica su integrantes en el valor de lo sustancial.

La explosión de júbilo anuncia las 14 horas y el séptimo título de los Pumas. El protagonismo vertical, alegre, definido por su estrategia lúcida, triunfa en su totalidad y corona a un desafiante de lo regular, un apostador de lo diferente, un ejecutor del juego en esencia.

La fiesta tremenda es la historia perfecta. Con ese pedazo de gol, épico, festejar se vuelve sencillo, recordar la humildad de su creador resulta todavía más directo.

FacebookTwitterWhatsAppEmail

1 comentario

Your email address will not be published. Required fields are marked *