Me timaron con Sotil

[pro-player]http://www.youtube.com/watch?v=Bp9kjIIj470[/pro-player]Para sentir el fútbol no hace falta ir a un estadio, aplastarse frente al televisor o jugar en la cancha que sea. Basta con tener ánimo de convivir con quienes menos pensamos; cediéndoles un poco de nuestro tiempo, paciencia y hasta lana. No sabemos dónde nos va a tocar, si en la casa o en la vuelta de la esquina, en un café o en el transporte público. Pero siempre habrá una charla esperándonos. En ocasiones, es más que eso.

Los fuertes aguaceros que se han registrado últimamente en la ciudad provocan que uno se meta en donde haya un techo para no empaparse. Para mi fortuna me topé con un café. Mientras me bebía un americano, un señor de 60 años me preguntó si me gustaba el fútbol. Respondí que sí. Entonces me invitó a sentarme en su mesa.

“Hoy me acordé de Hugo Sotil. Tú estás muy joven para saber de él. Era un jugador impresionante, peruano, que hacía del balón un tesoro difícil de encontrar. Nadie, o muy pocos, podían dar con él. El juego de Sotil parecía todo menos peruano, incluso rebasaba el estilo de los argentinos y los brasileños. En todo caso, era una mezcla de los tres”.

Ya no me dieron ganas de irme. La lluvia bajó de intensidad, pero ante lo insólito de escuchar a alguien hablando sobre Sotil no había prisa por emprender la marcha.

“Era una saeta. No, no, no, perdón. ¡Era una pantera! ¡Un lince! Corría con elegancia el Sotil. Parecía Mandrake haciendo magia en Venus. A los búlgaros en el setenta los trajo como romanos caídos en una épica batalla donde él era un héroe imbatible. Goliat y Aquiles eran un chiste para él. Regateaba como un espectro en una pista de hielo, volaba y usaba patines”.

A estas alturas yo estaba embobado. El señor no hablaba, sino que vivía con intensidad lo que decía. Manoteó, gesticuló y moduló la voz en diferentes tonos. “Oh, perdónanos Sotil por ser tan ingratos y no darte la justicia que mereces. Ha de llegar el día en que una estatua de tu ser reluzca y brille en Machu Pichu. Condena a esta juventud que nada más tiene ojos para la inmundicia que hoy es el fútbol. Júzgalos por idolatrar a un portugués que parece pantomima en Madrid o al enano mudo que busca a Blanca Nieves en Barcelona”.

Y se acabó el momento. Dejó de llover. El señor miró su reloj y dijo que era hora de ir a casa, pues su “señora esposa” lo esperaba con las medicinas. No se fue sin antes decirme “siento pena de pedirte un gran favor. ¿Pagarías mi consumo?”. Pagué un sándwich de pollo, un capuchino y una tarta de zarzamora. ¿Me timó? No lo sé. Y si así fue, bien valió la pena.

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