Instantes del México-Uruguay

El tiempo se detiene, respira y sigue formando espirales, vibraciones de vida y muerte, transformación eterna. La mente juega, forma parte de, traduce alma e interpreta cuerpo. Y es tan poderoso todo, tan único y esencial, que la expansión es infinita y colorea partículas inextinguibles.
A Laguna.

Hoy le volvió a ganar Uruguay a México. ¿Te acuerdas el año pasado? Estaba tan desesperado porque se empalmaban tu vuelo con el juego, que poca atención te puse. No es un reproche, sólo un estúpido sentimiento de culpa, una fisura que trata de acercarte desde lo lejos. Llegamos al mostrador y mientras dejabas tus maletas y recogías el pase de abordar me fui corriendo a buscar lugar para verlo. Comenzó mientras encontraba el Wings de la parte de arriba. Regresé por ti y nos hicimos un espacio entre la gente que esperaba turno y que veía las pantallas entre meseros, charolas y clientes.

“Júntate conmigo, viajar a mi lado está más chido”, me dijiste en tono chilango y burlón cuando el jefe de meseros nos hizo un espacio con buena vista para esperar a que se desocupara la primera mesa. Nada. Nerviosa también estabas. Preocupada por tu viaje y en que yo me no me perdiera el partido. Emocionada. Y yo igual, aunque con una sensación de estar y no estar, como de cuerpo cortado porque te ibas. Siempre fue así con cada despedida.

El ambiente en el Wings del segundo nivel del Aeropuerto mejoró a pesar de lo disputado que estaba el partido. Gritos ahogados, manos sudadas, risas y muecas de inseguridad. Pediste chilaquiles, un jugo y té. Yo, molletes, como siempre. Medio platicamos en lo que venía el servicio y en lo que Uruguay metía el gol. Me distraje con la técnica que requiere llenar de salsa el alimento y tú, también con medio bocado encima, me gritaste para avisarme del cabezazo. Hasta platicaste con el de al lado y nos reímos de la señora de expresiones paranormales. ¿Te acuerdas? Qué risa. A partir de entonces se fue diluyendo el futbol, México ni encontró, ni cambió y Uruguay fue más. Me lo dijiste: “lastimaaa Margarito”. Y rayando con el reloj pagaste, dejé propina y casivolamos a la puerta de salida, donde el personal de auxilio de Interjet te estaba esperando. Y entonces el vacío.

Todo un año y lo que encierra. Lo que se esfuma. Lo que permanece. Un año. Hoy me siento como tabla, inerte. Sin sabor. La depresión me abraza sin tu compañía. Y justo un año después, sacando cuentas, armando rompecabezas inexistentes, México va contra Uruguay. Dos juegos diferentes en apenas dos días. El domingo me regresó un poco de vida el título mundial, la comunión y convicción de los chavos, el estadio lleno, el himno, tu sentida presencia. Y hoy, como recuerdo nomás, me visitan sensaciones de aquella vez. Me rodó por la cabeza esa imagen tuya, con tu sonrisa de orgullo despidiéndote en el aeropuerto. Cumpliste ese día y siempre.

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