Que siga dando clases

[pro-player] http://www.youtube.com/watch?v=0RaSw2TNzEw [/pro-player]Dirigió al Milán en la temporada 1996-1997. Fue despedido antes de concluir el torneo luego de no haber cumplido con las expectativas del club. Perdió la Supercopa de Italia ante Fiorentina, quedó eliminado en la fase de grupos de la Liga de Campeones y ubicó al equipo en la undécima posición del Calcio. Las críticas lo calificaron como un “rotundo fracaso”. Llegaron Arrigo Sacchi y Fabio Capello para sucederlo, pero tampoco pudieron con el paquete.

Al preguntársele su opinión sobre Oscar Washington Tabárez, Paolo Maldini, eminencia del club milanés, sostuvo que le dolió la partida del entrenador, pues fue un hombre que le enseñó mucho sobre fútbol. Maldini alegó en su favor y pidió mesura a la crítica bajo el argumento de que en Italia la continuidad se hizo para jugadores y directivos, no así para los entrenadores. De igual manera, diría que la liga italiana no permite concesiones a otros estilos que no sea el Catenaccio; ese fue el error de Tabárez, querer inculcar el respeto al balón antes que nada.

“Algunos me decían que fracasé en el Milán. Puede ser. Pero yo lo vi desde otro punto de vista, yo llegué ahí”, diría Tabárez en una entrevista con La Hora de los Deportes. Para arribar al club rossonero, el técnico uruguayo tenía de respaldo una trayectoria enmarcada con la Copa Libertadores con Peñarol (1987), campeón de liga con Boca Juniors (1992), octavos de final con Uruguay en el Mundial de Italia (1990), así como un noveno puesto con el Cagliari en la temporada 1994-1995.

Tras la amarga experiencia con Milán, el Maestro transitó por Oviedo, Vélez Sarsfield y de nueva cuenta con Boca Juniors y Cagliari. En ninguno de estos equipos le fue bien, pues su estilo y conocimiento del fútbol no encajaron con la práctica del llamado “fútbol moderno”. El resultado por encima del juego, atletas en vez de futbolistas y escaso tiempo para elaborar un sistema, lo condenaban al olvido.

Pero vino el milagro. Tras rehusarse una y otra vez a dirigir a la selección uruguaya, Tabárez aceptó en 2006 ser el entrenador nacional. Para asumir el cargo, puso sobre la mesa una condición: monigotes en la cancha y en la banca jamás; todo integrante del seleccionado, incluyendo utileros y masajistas, debían conocer y amar el fútbol desde su esencia, el balón. A cambio, se comprometió a calificar a Uruguay a la Copa del Mundo.

Del Tabárez de Milán nada había cambiado. Fiel a sus convicciones y concepciones del juego, el Maestro retó al fútbol moderno aferrándose a priorizar el toque, el entendimiento del campo y el trato respetuoso del balón. Cualquiera lo hubiera juzgado de anticuado y romántico, afortunadamente la Asociación Uruguaya de Fútbol no lo hizo así y le dieron la herramienta más importante que otros no quisieron darle, continuidad y libertad.

El resto es historia. Cumplió su promesa de llevar a Uruguay al Mundial y de paso obtuvo el cuarto puesto. Ahora se consagra campeón de América. Por si fuera poco, logró que Uruguay muestre al mundo que no ganan gracias a la famosa “garra charrúa” sino con fútbol. Además, dio cachetada con guante blanco a ese fútbol que lo relegó. Una buena muestra de que el buen juego también puede dar resultados se pudo apreciar contra Paraguay; el destructor Martino sucumbió ante el constructor Maestro Tabárez.

Ojalá que siga dando clases por mucho tiempo.

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