Omam Biyik

[pro-player] http://www.youtube.com/watch?v=jpk5WolZS4s&feature=related [/pro-player]Éramos unos chamacos. Todavía no digeríamos el gusto de haber visto a la Selección Mexicana de Mejía Barón en el Mundial de Estados Unidos. Siempre en la cáscara nos repartíamos un nombre de los integrantes de ese Tri: “yo soy Zague”, “yo Jorge Campos”, “yo Luis García”, entre otros tantos. Pero de repente comenzó la temporada 1994-1995 y con ella una fragmento de época, un retazo de tiempo imborrable, que marcó a muchos aficionados, especialmente a los americanistas. El honor de llamarse como un héroe azteca se convertiría en una disputa por portar el nombre de un extranjero.

Llegó Leo Beenhakker al América y con él un estilo que revolucionó al fútbol mexicano en ese entonces. Pero no vino solo. Junto a él, arribó a nuestro país el camerunés Francois Omam Biyik; un nuevo ídolo. Eran tiempos en los que aún eran marcadas las rivalidades y odios deportivos entre águilas, celestes, pumas y chivas. Sin embargo, el africano logró algo que muy pocos futbolistas pueden conseguir hoy en día, generar la empatía de todo mundo.

En las cáscaras todos queríamos ser “Biyik”. De entrada los rubios y los güeros estaban descartados a luchar por ese nombre. Mientras tanto, prietos y morenos nos disputábamos a volados tal distinción. Nunca faltó un “Biyik” en las canchas de asfalto o tierra. En cambio, dejaron de aparecer “Zague”, “Jorge Campos” y “Luis García”.

Y es que el africano hizo méritos más que suficientes para ser tan valorado. Le fuera uno o no al América resultaba imposible no ver los partidos de las Águilas. Eran un verdadero espectáculo. Ese América jugaba bien, gustaba, goleaba y ganaba; el buen fútbol en su máximo esplendor. Cada ocho días Biyik metía gol. Cada quince, el Azteca se abarrotaba y miles de gargantas gritaban por lo menos una anotación del camerunés.

Marcadores de 8-1, 7-3, 6-1, 8-2 eran cosa normal para los americanistas. De igual forma se hizo costumbre ver a Biyik perforando porterías con goles de todo tipo, en su mayoría de cabeza. Por si fuera poco, los defensas rivales le guardaban respeto, pues rara vez llegaban a cometerle una falta. El tipo vino a imponer y a dejar huella.

Además, aportó otros elementos que nos resultaban extraños. Tal es el caso de los festejos. Si América llegaba a estar arriba en el marcador por diferencia de tres o cuatro goles y Biyik anotaba, éste procuraba festejar con mesura; nada de burlas. Por el contrario, cuando le marcaba goles a los odiados rivales (Cruz Azul, UNAM y Guadalajara) los gritaba como loco; un clásico es un clásico.

Pasan los años y todavía no dejamos de citarlo en charlas futboleras. “¿Te acuerdas de Biyik?”, preguntamos con nostalgia. “Sí, ¡cómo no!”, respondemos con alegría. Un amigo puma resume asi su recuerdo sobre Biyik: “si aquellas temporadas hubieran sido de 100 partidos, te juro que en los 100 metía gol”. Seguramente sí.

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