Carta a los olvidados

No te mentí. Juro que no traía dinero. Si te sirve de consuelo, permíteme escribirte estas líneas para confesarte que esa noche no pude dormir. Apenas puse la cabeza en la almohada y de inmediato me vino la imagen de tu rostro angustiado y tus manos extendidas vendiéndome el reloj. Junto a ti, esos otros seis chavales suplicándome que lo comprara. Más que el remordimiento de no haber llevado monedas conmigo pesó el dolor de verte a ti y a los tuyos yéndose con sus caras cabizbajas. Se fueron de la cancha derrotados sin siquiera haber jugado. Peor aún, se fueron humillados por ser quienes son. Y yo no pude ayudarles porque de alguna u otra forma también pertenezco a su miseria.
Sé de la impotencia que te dio cuando el árbitro les dijo que perdían por de faul tras no pagar el arbitraje. Sin embargo, esta crueldad me dejó ver un acto de grandeza que como capitán demostraste con tu equipo. Sí, me percaté del instante en que te acercaste a ellos, los reuniste y a cada uno le diste un abrazo. Juntos en las buenas y en las malas.
Se fueron con la mirada agachada no por perder sobre la mesa, sino por ver muy lejana una victoria que muchos vemos a años luz. No es tu culpa ser pobre. Por el contrario, siéntete orgulloso de tener la humildad para pedir uniformes y zapatos prestados. ¿Crees que no me di cuenta? Llevaban playeras desiguales y shorts de diferentes colores que les quedaban más grandes que sus tallas. Ni qué decir de sus zapatos, apenas y podían moverse con ellos; vi cuando los rellenaban con periódico.
Aunque no lo creas me llené de coraje al ver a los integrantes del equipo rival aceptando sin cuestionar un triunfo ficticio. A pesar de sus sonrisas causadas por la sorpresa, se comportaron. Temí que se burlaran de ustedes, más no lo hicieron. Afortunadamente en su visión no derrotaron a los jodidos, sino a un equipo que cometió una indisciplina. Así se los comentó el árbitro. ¡Como si ahora ser pobre fuera una indisciplina!
No sé a ciencia cierta por qué lo hago, pero siento que es una necesidad; perdóname. Nada me costaba llevar ese día unas monedas para comprarte ese reloj, tu reloj, para que pudieran pagar el arbitraje. Eso sí, esto a ti y a los tuyos también les deja otra lección: véndalo desde antes. Como sea, te prometo que un día de estos ahí estaré en las canchas para apoyarlos y llevaré monedas para lo que se ofrezca. Confío en que regresen y que esta experiencia no haya sido una marca más para marginarlos.
*Carta dedicada a los chavos que por primera vez pisaban una cancha de Fut7 y que debido a su precaria situación económica vieron frustrado el sueño de jugar en un césped digamos profesional.




































Triste que haya personas que no puedan hacer una obra de caridad (como el árbitro, que ojete se vio…) para que unos chavos pudieran jugar y distraerse sanamente, sólo espero que no desistan y sigan adelante esos chavos para que jueguen en donde anhelen el deporte que nos apasiona…
Maxchiva, increíblemente todavía existen chavales que no pueden pisar una cancha. Un abrazo
Es triste como para jugar tengas que pagar a veces tanto. Es negocio, pero al final de cuentas, todos tenemos derecho a aunque sea sentir un poco de césped artificial, sentir que aunque sea en nuestros sueños, somos grandes, en nuestra fantasía.
Saludos
Marinno, el negocio futbolero se extiende hasta donde menos pensamos. Algo que en apariencia se ve sencillo, como ir a una cancha de Fut7, puede ser algo más que complicado para muchos. Un abrazo
Elías me “enchinaste” la piel, grande!
Ed, ¿ya nos llevamos con albures? Ya en serio, casos como este hay muchos. Un abrazo
Lamentable que ni para alimentar el alma les alcanzó.
De lo demás, como siempre, genial texto.
Adrián, genial tu frase; buena metáfora. Un abrazo
Te creo Elías, en mi pueblo no hay una cancha de esas características… si acaso hay apenas 2 con pasto y desgraciadamente no todos tienen acceso a ellas, para el resto o tierra o concreto…
Maxchiva, siéntete afortunado de poder tener a tu alcance la tierra o el concreto para poder jugar. En mi pueblo, mi barrio, dejaron de existir para darle vida a edificios, estacionamientos o comercios. Un abrazo
Voy a parafrasear a una escritora india, que siempre mira a los más desprotegidos: “Sólo los ciegos pueden obviar los problemas evidentes”.
La escritora se llama Arundhati Roy, por cierto.
I ele, tal autora me suena y ha servido mucho con su libro “El dios de las pequeñas cosas”. Un abrazo