A 15 años del horror

Días de calamidad. La noticia me llegó de lejos, de entre las notas rápidas de Los Protagonistas. El video increíble mostraba la tragedia del Estadio Mateo Flores en el partido de eliminatoria rumbo a Francia 98 entre Guate y Costa Rica. Personas tendidas en la pista de tartán, bomberos, policías, afición atónita. País en luto. 83 personas muertas y más de 200 heridas fue el saldo físico de la tardenoche negra del 17 de octubre del ’96.

Y siempre lo había tenido presente, desde aquella raquítica comunicación transmitida por la televisión mexicana. Al volver e ingresar en diferentes ocasiones al estadio y vibrar con diferentes partidos, quedó siempre la inquietud de ese momento infinito de dolor e impotencia.

Poco criterio (¿nulo?) el de aquella vez. Inmueble creado en un principio para acoger alrededor de 35 mil personas, para el duelo contra los ticos en la penúltima fase de calificación al Mundial se rebalsó en más de 7 mil espectadores. Boletos falsos, reventa, mala distribución de tickets, poca atención y mil factores más. El público escurrió su miércoles (laboral, escolar, hábil) y no importó otra cosa que ver a su Celeste y Blanca derrotar a los costarricenses y poder respirar en su anhelo de jugar por primera vez una Copa del Mundo. Nada cambió y, es más, la agonía continuó su curso ascendente.

Ayer mismo, en el quince aniversario del horror, mientras revisaba la prensa guatemalteca sobre el desastre natural por las lluvias actuales que llevó a las autoridades a nombrar el “Estado de Calamidad”, me encontré una joya acerca del derrumbe del Mateo Flores. Testimonios de sobrevivientes, familiares de víctimas, anónimos y hasta de jugadores. Pieza maestra de Martha Sandoval, que bien merece el reconocimiento. El día del “marcador más triste” del inmueble, el momento abstracto de la realidad más oscura, la ruptura. Los jugadores, que no habían saltado a la cancha -estaban a un tris de salir del vestidor para comenzar el cotejo- se disfrazaron de auxilio y volvieron a ser humanos desde el más puro sentido. Un estadio impresionante e inusualmente lleno que esperaba incluso el inicio del juego. Aficionados que, del otro lado de las gradas, notaban el atraso y el tumulto sin entender y dimensionar la magnitud del desastre. Gente que fue a desquitar un rato, que fue a emocionarse, a vibrar y mantener viva la esperanza de sí poder. Y de ahí la impotencia, el llanto.

Y a cada aniversario -claro que hoy la cifra crece en significado-, a cada partido y a cada vistazo de lo que fue vuelve la pregunta pregunta de si la distancia a la tragedia ha dejado en realidad enseñanzas trascendentales. La reducción oficial de público de hace unos años (los asientos son para 26 mil espectadores) permitió mayor control pero mantuvo una instalación que ahora llega a los 60 años y que, según los estándares FIFA, apenas pasa para cumplir con los requisitos de seguridad.

Por poco y pasó la aprobación en el Congreso de una restauración estructural del estadio. Pero más allá de la reflexión, el minuto de silencio, los parches… es hora de cumplir acciones y anticipar el horror. De ahí que emerjan esos lapsus de esperanza. ¿Hasta cuándo?

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