La tragedia del ‘Catenaccio’

[pro-player]http://www.youtube.com/watch?v=PgE4NXktg84[/pro-player]Un amigo que ya pinta canas y presume muchas arrugas, me contó sobre el mejor equipo del que supo: El Gran Torino.

Así se le conoció al Torino FC de los cuarenta, un ingenio de fútbol y grandeza. Ganó cinco Scudetti consecutivos, el primero en la 1942-43, y después cuatro más finalizada la Segunda Guerra Mundial, el último en la 1948-49.

No había más fútbol en el mundo, o eso es lo que le dice la memoria. Esos imborrables recuerdos, por cierto, los construyó de imaginación. Se enteraba por historias que le platicaban amigos de su padre, italianos que vivían en Argentina, donde él nació.

Todo Turín, o al menos los aficionados al Toro, se juntaban en las plazas un día después del partido para leer en voz alta la crónica del triunfo. Ataviados con saco, corbata y sombrero, se amontonaban alrededor de quien leyera el Tutto Sport, y éste les gritaba las historias ganadoras. Muchos habían asistido al Stadio Filadelfia, casi todos seguían los partidos por radio, pero igual se juntaban los lunes en las esquinas para hablar de los héroes.

“Y lo eran”, me aseguró. La selección italiana estaba compuesta por 10 jugadores del Granata. Todos excepto el portero. En la liga no conocían rival, impusieron cuanto récord quisieron, en goles, en puntos, en partidos ganados, en menos perdidos, en goleadas, en porcentaje de goles. No perdieron como local en cuatro años, algo así como 93 partidos. Además, y me lo decía sonriendo, eran malabaristas. Les sobraban amagues y engordaban el catálogo de jugadas vistosas.

A su capitán, Valentino Mazzola, le hablaban de usted en la calle. Era tanto el respeto que incluso atravesaba el Atlántico. En Buenos Aires, recuerda, también se referían a ellos de esa manera. Eran ídolos, galanes, estrellas.

Todos esos magos, atrevidos, eran el luminoso testimonio del distinguido fútbol italiano, acaso el más vistoso del mundo por aquella época. En ese juego optimista y ofensivo habían basado cuatro títulos de liga y estaban a cuatro fechas de conseguir el quinto en fila.

Pero el 4 de mayo de 1949, a las 17:05, cuando el Torino AC volaba de regreso de Lisboa, el avión se estrelló. Murieron todos. La nave golpeó la pared posterior de la Basílica de Superga, a 20 kilómetros de Turín. Perdieron la vida los 18 futbolistas, dirigentes, acompañantes, pasajeros y tres periodistas, uno ellos, Renato Casalbore, el fundador del Tutto Sport.

El funeral juntó a más de medio millón de personas y desencadenó la solidaridad de todo el fútbol. En el Calcio, donde era líder, lo proclamaron campeón y sus últimos cuatro rivales se presentaron con equipos menores para enfrentar a los también juveniles del Torino. Igual ganaron.

Pero el tema trágico, dice mi amigo, fue al año siguiente. La selección de Italia, bicampeona del mundo, tendría que viajar a Brasil ya sin el cuadro que muchos daban como seguro campeón y futuro poseedor eterno de la Copa Jules Rimet.

Todo se oscureció. No había equipo para competir en el Mundial y, por superstición, decidieron viajar a Brasil en barco, lo que acabó con la condición física. Con esas desventajas, el equipo únicamente se puso como meta no ser humillado. Jugaron metidos atrás, cambiaron la táctica casi universal de 2-3-5 por algo parecido al 5-5, renunciando al ataque. Tan mal no les fue, por cierto. Perdieron 3-2 ante Suecia y derrotaron 2-0 a Paraguay. No calificaron a segunda ronda.

Había nacido el Catenaccio. Ya Suiza había apostado por algo similar en los treinta, y la misma Francia lo nombraba Verrou cuando participaron en el Mundial del ’38. Pero en Italia, después de 1950, gustó y se popularizó, sobre todo en la zona de los Alpes. Pádova, Treviso y todos los equipos que se entendían como chicos lo comenzaron a practicar casi de inmediato.

“El Catenaccio es descendiente de la tragedia”, remató el viejo.

2 comentarios

  1. Allan jueves 26, abril 2012 at 14:03

    Grosso artículo Jairo, grosso en verdad. Gracias.

  2. Jairo Martínez sábado 28, abril 2012 at 16:52

    N’ombre, gracias a ti Allan, siempre por acá. Saludos.

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