Jorge Aravena

[pro-player]http://www.youtube.com/watch?v=OhYVtlUFNYg&feature=relmfu[/pro-player]Era la recta final de la década de los ochenta. A nivel futbolístico y a nivel afición mandaban América, Guadalajara, Cruz Azul y Pumas. Eran tiempos en los que no se daban tregua y en la cancha buscaban demostrar quién era el mejor. Ondeaban miles de banderas en los estadios, las tribunas rara vez lucían vacías, las camisetas se amaban y se sudaban; los protagonistas priorizaban el juego por encima de acordar salarios exorbitantes, o en su defecto los desquitaban con creces.

Pero esos tiempos también permitieron la aparición de irreverentes y magos, de genios que llegaron a enamorar a muchos y a causar temor en otros. Incluso robaron la admiración de aficionados perfectamente identificados con otra playera. Uno de esos genios fue el chileno Jorge Aravena.

Procedente de Deportivo Cali, el Mortero arribó a la Franja de Puebla en 1988. No dio pauta para preguntarnos quién era o cómo jugaba. De inmediato sacó a relucir sus cualidades y capacidades. “Este hombre parece que nació con los colores poblanos tatuados”, decía uno de mis tíos. Y es que Aravena se desenvolvía en la cancha como un auténtico mariscal encargado de diseñar y culminar las jugadas ofensivas del equipo.

Su carta de presentación, sello de su virtud, fue la pierna zurda. A los rivales les daba miedo cometer una falta fuera del área, pues sabían que era gol seguro para Puebla. El Mortero acomodaba el balón no para tocarlo ni pegarle con sutileza, no, sacaba una auténtica ráfaga de acero imposible de detener para cualquier portero. Incluso si le ponían enfrente un muro de concreto, lo perforaba.

Como si la pelota le hubiera generado un trauma de niño o como si fuera una terapia contra el enojo, Aravena hacía de cada tiro una tempestad para el adversario y un espectáculo que dejaba sin aliento a los aficionados. Las redes a veces ni se movían, quedaban heridas ante los disparos del chileno.

“Si yo fuera defensa me quito de la barrera, Aravena te puede dejar estéril o partirte en dos”, expresaba mi padre. Tíos y primos, de todos colores, se angustiaban días antes de que su equipo se enfrentara a la Franja. “Una falta o un espacio para el Mortero y se acabó. Ya estuvo que perdimos”, coincidían. Si nadie lo frenaba con una patada, Aravena se colaba por cualquier rendija que le dejaran abierta. Dentro del área o fuera de ella ya sabía el destino que tomaría el rumbo del balón que tenía en los pies.

Pero el chileno no vino al fútbol mexicano solamente para presumir su zurda y derroche de talento ofensivo. De paso se convirtió en todo un ídolo para la afición poblana. No fue para menos. En sus hombros, sobre su espalda, cargó un gran peso de convertir a la Franja en un equipo que se convirtió en leyenda. Aravena fue cimiento de un pasaje histórico de gloria.

Con Manuel Lapuente como director técnico, Puebla y el Mortero ganaron todo, absolutamente todo lo que disputaron en la temporada 1989-1990: título de liga, torneo de Copa, Liga de Campeones de la Concacaf y Campeón de Campeones. Fue un año en que los grandes se hicieron chicos.

-¿Recuerdas al Mortero Aravena?, me preguntó recientemente un amigo.

-¡Claro!, le respondí.

-Ojalá que cuando muera pida ser incinerado.

-¿Por qué lo dices?

-Porque si lo entierran no faltara quien abra su ataúd para robarse su pierna izquierda. Y esa pierna, permíteme que te lo diga, merece el paraíso.

No sé si su pierna merezca el paraíso, pero sí es digna del recuerdo y sigue presente en los futboleros que vimos sus goles. Y de paso en esos futboleros que de chamacos nos frustrábamos por tener piernas flacas e inútiles, pues al no pegarle al balón como el Mortero no éramos merecedores de su apodo en las cáscaras.

2 comentarios

  1. Jorge lunes 7, mayo 2012 at 11:59

    Hola Elias
    Claro que recuerdo aquellos años, que bonitas epocas en que nuestra liga se lucía con Pumas, América (fue el equipo de la década), Chivas y Cruz Azul y de repente dices bien algún equipo se atrevía a robar la liga. Era una tradición de aquellos años que una de las armas a la ofensiva era la de contar con algun jugador cañonero como el Monterrey con Reynaldo Gueldini y claro está el chileno Jorge Aravena de Puebla, el Puebla que ganó todo comandados por el gran goleador sudamericano

    • Elías Leonardo lunes 7, mayo 2012 at 12:15

      Jorge, y eran épocas en que los aparentes débiles terminaban goleando a los grandes. En otro punto, eran tiempos en todos los equipos tenían grandes tiradores de larga distancia, algo que vemos con menos frecuencia ahora. Un abrazo

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