El máximo gol que no se vio

Un tiempista. El maestro Memo tenía el control en las manos. Nos habían reunido a toda la escuela en el vestíbulo, quién sabe cómo. No cabia nadie más. Y era temprano y había mucho nervio entre todo mundo. El fin era ver los octavos entre México y Alemania, la promesa del ya merito contra la triste realidad que significaban los teutones. Y para seguir con la tradición de ese Mundial, fue imposible no proyectarlo en la escuela. Menos si hablamos de la Selección… hasta los más escépticos del fut andaban palpitando Tri en el corazón.

Decía que el maestro Memo tenía el control. Y ya lo había repetido un par de veces: “¡Si no se calman, le apago, bola de cabrones!”. Era tal la algarabía en el vestíbulo desde que rodó el balón en Montpellier que Memo tenía el nervio de punta también. Más por lo desbordado que estábamos que por la suerte de la Selección. Y no es que fuera estricto, todo lo contrario, un rebelde envuelto en cuerpo de maestro… de los mejores en mi vida.

Entre zapping para molestarnos y apagones reiterados con la constante del orden que clamaba el maestro, se escurrió la primera mitad de juego. El entretiempo sirvió para aumentar la bulla y las burlas y la plática del fin de semana. Nadie reparó en que el maestro Memo seguía con el control bien enfundado y con la máxima de guardar el orden, o de jugar con nuestras emociones pamboleras.

Silbó de vuelta el árbitro portugués y apenas tuvo la pelota México, el vestíbulo se volvió a encender. Memo sólo dijo, a media voz, entre la exitación general, “se los advertí”. El balón ya lo había dejado Cuauhtémoc en los zapatos del Matador. Y la tensión estaba al máximo, y ya la tenía El Matador, y El Matador ya se había deshecho del primero, desparramado, magnífico, y ya estabamos gritando todos a la espera del g… ¡zaaaaaz! que se apaga la tele cuando ya, medio abrazados, imaginábamos el gol impensable.

La rechifla, el enojo y las miradas de odio -por unos segundos, sí- obligaron a Memo a reencender el juego y ver, en conjunto, cómo Palencia, Cuauh y Matador se abrazaban en ese tiro de esquina que se guardó de inmediato en un capitulo, aunque fugaz, de lo más alegre del fútbol nacional. Hasta Memo se abrazó con todo mundo cuando se inauguró el marcador y hasta el mismo Memo apagó la tele, cabizbajo, cuando ya faltaban unos minutos para el final, cuando ya estaba sentenciado, otra vez, el destino tortuoso de México en el Mundial. Pero la postal, más allá del gol, el cómo vivimos ese momento tan grande, donde nos expandimos más allá de lo real, seguirá como la ráfaga más brutal de alegría en la memoria eterna del fut.

2 comentarios

  1. i ele domingo 3, junio 2012 at 23:18

    Emiliano, qué buen relato. También en mi colegio nos reunían en el auditorio a ver los partidos de México en ese mundial. Era genial y terrible al mismo tiempo.

    i ele

  2. Emiliano Castro Sáenz domingo 10, junio 2012 at 13:22

    Gracias i ele, como siempre. Para mi, de lo mejor que he visto en Mundiales… la época lo ameritaba y los juegos y jugadas así lo evidenciaron. Toavía mejor haberlo visto casi todo, en vivo, con los cuates de la escuela.
    Abrazo!

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