Croacia, trauma de una familia italiana

[pro-player]http://www.youtube.com/watch?feature=player_embedded&v=dr0OUXYXtdE[/pro-player] Era 1992. Su padre leía en el periódico que Croacia fue reconocida como nación independiente, que ya no pertenecía a Yugoslavia. “¿Y eso te importa, padre?”, preguntó el hijo. “No es que me importe, pero aquí dice que Prosinecki y Suker son croatas. Son los dos de los que te hablé hace dos años”, respondió el padre.

El señor se refería a Robert Prosinecki y Davor Suker, dos jóvenes que robaron su atención y temor durante la Eurocopa Sub 21 de 1990 defendiendo los colores de Yugoslavia. Los recordaba con exactitud porque llegaron a la final, misma que perdieron ante la Unión Soviética, a costa de vencer en semifinales a Italia 2-1.

-Padre, claro que los tengo presentes. En Navidad te dedicaste a hablar de dos cosas: mi primera Copa del Mundo y de ellos dos. Dijiste que solamente dos cosas nos podían doblegar: los terremotos y los yugoslavos.

-Ahora son croatas.

-Es lo mismo. Lo que no entiendo es tu obsesión en preocuparte por ellos.

-Serás muy mi hijo y uno de los mejores defensas que ha visto nacer este país, bendito tú, bendita la patria, pero esos yugoslavos, o croatas, tienen la fórmula para ganarnos.

-¿Y cuál es?

-La calma. Nos recetan con nuestra propia medicina.

-Te diré algo para que estés tranquilo.

-¿Qué?

-Mientras esté yo en el campo no nos vencerán cuando nos enfrentemos.

Y de repente llegó 1994. El temor del padre, al mismo tiempo una admiración escondida, aumentó. Italia y Croacia se vieron las caras en duelo eliminatorio para la Eurocopa de Inglaterra. El estadio Renzo Barbera, de Palermo, fue el escenario donde el señor vería la copia (casi) calca de lo acontecido en 1990. ¡No lo podía creer! Los croatas ganaron 2-1 con dos goles de Suker, uno de ellos moldeado por los botines de Prosinecki.

Pero a diferencia de la semifinal disputada en el ’90, su hijo estuvo sobre el terreno de juego y no pudo contener a los dos futbolistas que tanto miedo le causaban. Con la derrota a cuestas, el defensa invitó a cenar al padre para charlar sobre lo acontecido.

-Tenías razón. Nos superaron con las pausas, nos engañaron con la calma.

-Eso ya lo dominaban. Lo que ahora perfeccionaron es el toque. Saben hacia dónde y a que compañero mandar la pelota; no se desesperan ni para pasarla.

-He de confesarte algo.

-¿Qué?

-Yo corro y meto la pierna, labores para angustiarse. Por eso admiro su tranquilidad para crear futbol. Ponte a pensar, son tipos herederos de guerras. Podrían ser unos salvajes y no, son unos caballeros.

-¿Te confieso algo?

-Sí.

-Mi miedo era decirte que son muy buenos jugadores esos tipos.

Después de esa charla se olvidaron de temores y con carcajadas se dijeron que estaban listos para otro round con los croatas. Por bromear, el destino caprichoso les tendría preparada una sorpresa. Tras seguir el sorteo de la Copa del Mundo Corea-Japón 2002, el padre gritó de incredulidad al saber que Italia se enfrentaría una vez más a Croacia. Pero de inmediato su hijo le llamó para calmarlo: “No te mortifiques. Ya no son los tiempos de Suker y Prosinecki. Además, ahora sí les gano”.

Con la nostalgia de saber que disputaría su último Mundial con la Azzurra, el defensa quería despedirse con el deseo de ganarle a los causantes del trauma familiar. No fueron Suker y Prosinecki, sino Olic y Rapaijc los encargados de amargarle la fiesta; Croacia volvía a derrotar a los italianos por 2-1.

Ya entrados en el siglo XXI y con la Eurocopa 2012 en movimiento, padre e hijo ya no piden un triunfo ante los croatas. No, de perdida anhelan que la caída ya no sea por el marcador que los persigue, 2-1. “Paolo, ¿qué harías tú para evitar la maldición?”, le pregunta don Cesare a su hijo. “Fácil. Cometería tres penales. Y si los fallan, los cometería hasta que anoten tres goles”, responde Paolo a su padre.

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