Relato de una ceguera checa

La Primavera de PragaTenía cinco años de edad cuando en compañía de sus padres huyó de Checoslovaquia. La última imagen que guardó en su partida fue la figura de su tío Theodor saliendo de casa, quien le dijo que no se preocupara por nada, que él volvería. Pero nunca volvió. Nunca supo si su tío murió o desapareció durante La Primavera de Praga. “Papá, no hay que irnos, hay que esperarlo”, rogó. Su padre no le respondió nada y tomaron rumbo hacia Francia.

Ya en París, con 13 años a cuestas, Wojciech se reunía con otros adolescentes checoslovacos para escuchar por radio la transmisión de la Eurocopa 1976. Alrededor del aparato, los muchachos imaginaban las jugadas de Masdy, Panenka y Jurkemik. Eran los instantes en que limpiaban su mente de recuerdos e historias relacionadas a las armas, a las represiones.

Pero Wojciech se lamentaba de no poder ver a los ídolos en acción. No quería imaginarlos, sino verlos. “No puede ser que tengamos oídos para sentir la belleza y ojos para no contemplarla”, les decía a sus amigos. Sin embargo la final de la Euro le hizo olvidar su reproche hacia los sentidos; Checoslovaquia ganaba 5-3 en penales a Alemania. Todo era júbilo y alegría en los adolescentes parisinos de sangre checa. Un amigo le reviró entonces a Wojciech: “Si para sonreír necesitamos eliminar la vista nunca más volvamos a ver”. Wojciech lo cumplió.

Pasó el tiempo y en 1996 el niño que había huido en 1968 volvía convertido en todo un adulto a la tierra que lo vio nacer, a la República Checa, que ya no Checoslovaquia. Durante las primeras semanas del retorno se dedicó a recorrer Praga. Besaba el asfalto, acariciaba los antiguos edificios. Lloraba por la dicha de reencontrarse con su historia perdida.

También se dedicó a reunirse con los ancianos, con los viejos sabios acumuladores de hazañas deportivas. Con inquietud infantil les preguntaba y pedía que le dijeran todo sobre las leyendas futboleras checoslovacas. A la par que los viejos le relataban, él imaginaba. Desde la final del ’76, Wojciech no vio ningún partido a través de la televisión, como tampoco acudía a los estadios. Siempre procuró su pasión por el fútbol al amparo de un radio.

Instalado ya en el siglo XXI y a punto de cumplir 50 años, Wojciech ha querido cobrarle a la vista la deuda que tiene con él. Fue hasta este 2012 cuando se atrevió a regresar a la casa de la infancia, ahora convertida en una lujosa tienda de ropa para dama. Imagina que en la puerta de dicho comercio su tío entra, no sale. Quiere borrar la estampa amarga de su niñez y pensar en que Theodor jamás se despidió, que nunca salió. Los ojos no le engañan: mujeres entran y salen de la tienda repletas de bolsas con vestidos, zapatos y mascadas.

Con tal factura no saldada, Wojciech cree que si los ojos no le hacen justicia con su tío lo harán con el futbol. Por primera vez se dispone a presenciar un partido por televisión. Angustiado y con el miedo de la incertidumbre ingresa a un bar donde casi 100 jóvenes checos apoyan a su selección frente a Portugal. La impresión de observar a los jóvenes con bufandas, banderas, enfocados al televisor y con vodka en mano le aterra, se siente un extraño.

A pesar de su miedo, él se mantiene con la idea de doblegar su rencor hacia la vista. El encuentro apunta a tiempos extra y los checos no le roban ninguna emoción. ¿Dónde quedaron Masdy, Panenka y Jurkemik? ¿Quiénes son los impostores que juegan ahora? Se hace estos cuestionamientos al mismo tiempo de reflexionar acerca de lo que dijeron los viejos sabios: “El tiempo con la imaginación no transcurre, con la realidad se desgasta rápidamente”.

Cae el gol de Cristiano Ronaldo al 79′ y Wojciech se va. A paso lento camina por las calles de Praga repitiéndose que en efecto la vista no es para él. Maldice a sus ojos y les recrimina de haberle obsequiado imágenes reales, decadentes. Toma su celular y le marca al médico:

-Doctor, ya tomé la decisión. No me voy a operar.

Hace una semana, Wojciech fue informado de que está a punto de perder la vista. La diabetes que le aqueja ha afectado su visión, por lo que los médicos le han sugerido someterse a una cirugía con el fin de que no pierda la vista en su totalidad.

-Doctor, le agradezco sus consejos pero la decisión está tomada. Ya aprenderé a moverme con un perro lazarillo y ahí estará conmigo mi viejo amigo, mi radio.

2 comentarios

  1. Maxchiva domingo 24, junio 2012 at 0:07

    Wow… el lado agridulce de una nostalgia de tiempos pasados que se añoran… buen relato.

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