Quería jugar fútbol, pero…

Queria jugar futbol“¿Sabes cómo arranca mi enseñanza?, en mostrarle al chico de qué se trata el juego del fútbol. ¿Y cómo lo hago?, enseñándole los fundamentos: el pase, la recepción, la conducción, el cabeceo y el tiro al arco… No hay más… Son esos cinco fundamentos y nada más”, Jorge Griffa, considerado uno de los formadores de futbolistas más reconocidos del mundo, en entrevista con Enrique Cruz para el diario El Litoral.

Hace medio año Arturo mostraba su inquietud por jugar. Le gustaba ver partidos en televisión e ir al estadio, pero no le era suficiente. Quería pisar una cancha para patear el balón como lo hacen los grandes, para jugar como lo hacen las estrellas. Su padre atendió sus deseos y lo inscribió en una escuelita de futbol. Medio año después ya no sigue en la escuelita y hasta miedo tiene de pisar el césped. Prefiere reprimir su ilusión consolándose con videojuegos o transmisiones televisivas. ¿Qué fue lo que pasó?

Sus padres imaginaron lo peor. Acudieron con el entrenador del equipo para preguntarle si alguien molestaba a Arturo o si algo grave le había pasado. El entrenador solamente atinó en responderles que su hijo se estaba volviendo flojo y que seguramente un problema en casa le impedía obedecer órdenes.

Debido a que los papás solían dejarlo y recogerlo en la escuelita jamás pusieron atención al entrenamiento. Indignados por gastar sin ver ya no avances, por lo menos alegría en su hijo, decidieron presenciar una práctica. Con horario de cinco de la tarde a siete de la noche, de martes a viernes, el método del entrenador consistía en ponerlos a trotar alrededor del campo durante una hora. Después era media hora de estiramiento y posteriormente otra media hora de trote. Escuelita y entrenador se excusaron con el argumento de que primero había que prepararlos en el aspecto físico, que de hecho así lo estipulaba la membresía en el apartado del módulo 1: Desarrollo físico y velocidad, primer semestre.

Arturo no fue el único que padeció dicho régimen. Varios niños presentaron síntomas de apatía y agotamiento. Los padres tampoco se quedaron atrás. Tardaron en reaccionar, pero varios se dieron cuenta tanto por el estado anímico de sus hijos como por su nula capacidad de jugar en los partidos de cada fin de semana. El equipo perdía y los niños no sabían qué hacer con la pelota. Arturo y muchos de sus compañeros dejaron la escuelita. De fútbol no les habían enseñado nada. Ni siquiera les dieron oportunidad de patear un balón. Permanecen en la escuelita aquellos que son considerados hiperactivos por sus padres y para no lidiar con ellos, prefieren que se ejerciten.

“Pero ¡cuidado!, porque no es sólo atender al chico como jugador, sino al ser humano… Yo tuve casos tremendos… tuve chicos que venían a las prácticas con un revólver en la cintura… Y otros que se hicieron cura o médico… Por eso es tan importante que los técnicos de las inferiores estén preparados en todos los sentidos… Los afectos en el fútbol juvenil tienen que estar a flor de piel, porque esto es lo que se pierde en el fútbol profesional, donde lo que importa es lo económico”, palabras de Griffa.

Las dos horas de ejercicio durante seis meses no fueron lo único para que Arturo desista en su anhelo de jugar fútbol. El temor por pisar una cancha deriva de su padre. Cada fin de semana no había partido en que su papá no lo regañara y no lo exhibiera delante de todos. “Así no se toca, pareces nuevo. Mira nada más, ¡ni yo jugaba así!”, le gritaba. Lo mismo hacían otros padres con sus hijos. A diferencia de sus compañeros, Arturo también tenía que soportar los discursos de papá en el hogar.

-No puede ser posible. ¿No te das cuenta del esfuerzo que hacemos para pagarte una escuela y no sepas ni patear un pinche balón? ¿No ves cómo se mueven en la tele? Tú te quedas parado, sin idea de nada. Piénsale si en verdad quieres jugar fútbol.

Ante la Inquisición en casa y en la escuelita, ¿qué ganas le iban a quedar al niño? Encerrado en su trinchera, Arturo se culpa de ser una mala inversión, un aspirante podrido. Suele cuestionarse cómo la vida es injusta por no haberlo elegido a él para jugar. Cuando mira a un futbolista a través de la tele se pregunta cómo habrá llegado a ser lo que es.

Sujetado a un videojuego o viendo un partido, Arturo comienza a reflexionar sobre lo que le dice mamá: “En lugar de intentar con otra escuela probemos otro deporte. A lo mejor el karate es lo tuyo”. Sin embargo una duda le aqueja. ¿Y si falla y hace gastar nuevamente a sus papás dinero en balde? Ya no quiere ser la decepción de papá. Ya no quiere hacerlo enojar.

4 comentarios

  1. Galvan sábado 27, octubre 2012 at 16:55

    Buenisima columna, como siempre tus relatos tienen ese lado humano y crudo, lastima que no sabre que pasara con Arturito, un 10 te sacaste con la cita de Jorge Griffa

    • Elías Leonardo sábado 27, octubre 2012 at 17:05

      Galvan, no sé si crudo pero humano sí. El fútbol no lo juegan robots y tampoco es exclusivo de un rectángulo netamente deportivo. Bien dicen que es algo más que un juego y ello implica un sinfín de emociones y sentimientos en diferentes circunstancias ligadas al balón. Un abrazo.

  2. Francisco Ramírez viernes 9, noviembre 2012 at 15:34

    Para cuando sacas tu libro? Los mejores relatos de fútbol que he leído, como dices el deporte mas popular lo juegan humanos… increíble

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