El hombre de negro

El hombre de negro

Reunidos por un adiós

Hombre de negro en vida, silbante de profesión, Rubén Darío Valencia Támara fue despedido por una multitud. Cobijando su propio luto con la camiseta del color que simboliza su oficio, el árbitro partió rodeado de cientos de almas, por un cúmulo de gente que probablemente en un partido no hubiera visto.

Murió asesinado a manos de desconocidos. Comía en compañía de amigos cuando dos sujetos se dirigieron hacia él para dispararle cuatro balas, una de ellas mortal en el instante, se incrustó en la cabeza. El crimen en sí mismo conmociona. Más impacto genera cuando se da a conocer que es el primer hecho violento que se registra en la jurisdicción de Sahagún, Córdoba, esto en Colombia.

El diario colombiano El Universal califica a dicha localidad como “amante de la paz, la cultura y la educación”. Se rompió la paz. El plomo irrumpió en lo que dejó de ser su intacta tranquilidad. De inmediato surgió el temor, el miedo. Ajenos al pánico, habitantes de Sahagún quieren que todo quede en debut y despedida, urgen a las autoridades a extremar medidas de seguridad para evitar que se repita la historia.

Mientras tanto, y pese a la conmoción, sepultaron a la víctima, un árbitro de fútbol. Según se informa Valencia Támara, quien tenía 38 años de edad, era una persona que gozaba del aprecio de los pobladores. El último pasaje que se recuerda sobre él tiene que ver con un partido amistoso que dirigió el pasado fin de semana entre un equipo llamado Jaguares y la selección de Sahagún. ¿Está ligado el asesinato a su trabajo? Eso déjenselo a la policía. Hasta el momento se indaga el móvil del homicidio.

Una comunidad, rincón colombiano, pedazo de mundo, ha sido vulnerada en una condición de vida tan extraña para muchos de nosotros y tan repugnante para el belicismo, la paz. Fue un árbitro el ser caído para despertar a una cruda realidad. De manera trágica, un silbante tiene hinchada.

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