Una noche en La Bombonera

Una noche en la bombonera

Una noche…

Rostros cabizbajos, gestos de ira, gritos de bronca. Saben que han perdido, no logran entender cómo. Duele, duele bastante, al grado de no aceptar que han caído. El coraje no es hacia el rival pues admiten que ganó bien; la sangre caliente es contra el equipo. “Caruzzo es un pelotudo de mierda”, expresa un hincha herido. “Cellay no puede ser futbolista, es un bulto”, señala otro apretando el puño. Miles de xeneizes abandonan La Bombonera con deseos de olvidar el papelón ante Toluca, con ganas de engañarse a sí mismos creyendo que el partido nunca existió.

Junto a la olla de almas bosteras en plena erupción, junto al cúmulo de cuerpos moldeados por la rabia y la depresión, camina un mexicano. Guarda silencio, calla. Esconde su acento por precaución, teme ser concebido como aficionado al Toluca, teme que un enardecido le quiera cobrar lo que pasó en la cancha. Oculta la emoción de haber presenciado un encuentro fuera de su terruño, de haber pisado un templo como lo es la casa de Boca Juniors.

No sabe qué es. ¿Futbolero, periodista o turista? Difícil asimilarlo ante la situación. Jamás imaginó que los Diablos saldrían airosos de La Bombonera, que ganarían con merecimientos a una versión amarga de Boca. Para él ha sido una sublime experiencia de vida, para ellos es la vida misma. Petrificado, motivado por el lúgubre y visceral andar amarillo y azul de los dolientes, enciende un cigarro.

De todos los miles de entes es el único que se decide a fumar. A lo lejos, un señor lo ve y se le acerca para pedirle fuego. Torpemente responde que sí. De forma sorpresiva, el señor cree que ha sido un argentino porteño quien le ha prestado el encendedor, ni cuenta se dio de que fue un mexicano el cortés. Sin embargo, la actitud de momia continúa. Algo anda mal, siente tristeza.

Cruza con otros hinchas que se cuestionan qué habría pasado si Riquelme hubiera jugado. Él se pregunta lo mismo. Se quedó con deseos de ver a Juan Román, de ver en acción a unos de sus jugadores admirados.

Le cuesta trabajo dormir, la noche es larga. Vibra y adrenalina de lo que implica La Bombonera lo siente a flor de piel, sensación contrastante con un derrumbe particular: también le dolió ver perder a Boca. Esperaba redondear la fiesta, no formar parte del cementerio xeneize. ¿Se descubrió como hincha boquense? No, o no lo sabe. En todo caso comprobó, si no es que reafirmó, que el fútbol es más que un lindo juego, una pasión inexplicable.

Simple y sencillamente no pude dormir; sigo despierto.

*Agradezco al colega Marcelo Rodríguez y al diario Perfil la sorpresa.

2 comentarios

  1. Maxchiva sábado 23, febrero 2013 at 0:16

    Buenísimo… me hizo recordar sendos relatos de Villoro y Caparrós… Saludos!

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