¿Dónde quedó la nota?

Donde quedo la notaTexto dedicado a los reporteros, a los periodistas, que día a día se rifan el pellejo.

El revendedor lo ha olfateado, lo ha descubierto. Sigue respondiendo a las preguntas de su presunto comprador mientras espera a sus compañeros, a quienes ya avisó mediante una seña: se acaricia tres veces la ceja. Le cambia la jugada rebajándole el costo de los boletos. “Órale gallo, te los dejo a la mitad”, le dice al mismo tiempo que lo abraza. Ya no lo suelta. Otros tres tipos llegan para apoyarlo. “A mí no me haces pendejo, eres periodista. No hagas nada, acompáñanos”, le susurra amenazante. Otro de los tipos también le abraza para simular que andan juntos, los otros dos escoltan.

Caminan hacia una patrulla ubicada en un costado del estadio. Un policía, sentado en el asiento del copiloto, baja de la unidad. Relajando el cuello, tronándose los dedos, sonríe a los revendedores. Por su parte, el reportero contiene el desconcierto, reprime la indignación.

-¡Qué pasó, muchachos! ¿Qué les hizo aquí el joven?

-Mi jefe, anda metiéndose en lo que no le importa, es periodista. Y si ya anda con nosotros jodiendo pues al rato se jala con ustedes.

-Ya les he dicho que traten bien a la prensa. Suéltenlo, revísenlo.

Le quitan su teléfono celular, una pequeña grabadora encendida que traía en la chamarra y su cartera. El policía confisca los objetos y pide que depositen al reportero en la patrulla.

-Voy a hablar con él. ¡¿Qué?! El asunto amerita una propina extra, ¿no?

-Órale, ponte guapo aquí con el señor.

Uno de los revendedores saca un fajo de billetes. Le da ocho billetes de 500 pesos. El policía sube a la patrulla, le da su parte a su compañero. Se despide de los revendedores, que a su vez regresan a su “sagrada labor”.

La unidad arranca con destino incierto. El policía le dice al “detenido” que no meta las narices en banquetes ajenos. “Yo sé que es su chamba, joven, pero no juegue con los vivos”. El reportero aguanta expresarse, la pistola que le presume el policía lo obliga a hacerlo. “Usted tranquilo, no le va a pasar nada”.

Después de algunas cuadras recorridas se detienen frente a un estacionamiento. Tocan el cláxon tres veces y les abre quien funge como cuidador del lugar. Una vez que la patrulla ingresa, las puertas son cerradas. Ambos policías se bajan de la unidad y le ordenan al reportero que haga lo mismo.

-¿Para qué medio trabaja?

-Esto es una detención ilegal.

-Mire, no nos pongamos moralinos.

-¿Cuántos les pagan?

-Ya le dije que no se meta con los vivos. Ahora, si en verdad quiere saber pues le digo que muchísimo más de lo que gana usted.

-Deme mis cosas.

-Eso no se va a poder, son el cuerpo del delito. Usted no es tal mal parecido, así que me gusta para padrote, corruptor de mujeres. ¿Cómo la ve?

Después de dos horas, la patrulla abandona el estacionamiento. Golpeado y sin sus pertenencias, el reportero es arrojado en una calle sin personas a la redonda, una calle lejana al estadio. “Así que ya sabe mi joven, pórtese bien. No haga enojar a mis jefazos”, se despide el policía.

Lo que debía ser un reportaje sobre la reventa se convirtió en una nota de denuncia que el periódico no quiso publicar. Lo que era parte de una investigación sobre revendedores derivó en un manto de corrupción que intimidó a un jefe editorial.

-No es que no te queramos apoyar. Es más, ya te dije que te aumentaremos el sueldo al triple y se te darán otras asignaciones menos riesgosas.

-¿Están ustedes locos?

-Ya deja esto por la paz, ¡hombre! Ya te dije que su jefe tiene peso y la lleva muy bien con el mío.

-No lo puedo creer.

-Además, tú tienes la culpa por imbécil. Para empezar se te dejó simplemente saber el precio de los boletos, era lo único. Ah, pero no, te quisiste hacer el valiente y empezaste a cuestionar de más dejando que te cacharan.

-¿Está hablando en serio?

-Muy en serio, chamaquito. De algo no puedes quejarte: ya aprendiste que con fuego no se juega.

Decepcionado, asustado, violentado, el reportero hace de su escritorio un espacio de reflexión. Mientras edita la nota de un compañero acerca de una rutinaria conferencia de prensa, piensa en su futuro. Le tiembla la mano al teclear. No sabe si es por rabia o por miedo.

*Una ficción que de tener cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia.

2 comentarios

  1. Alonso G. sábado 30, marzo 2013 at 0:47

    Excelso Elías, felicidades de nuevo por este gran texto, y bien dices cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia. Lastima vivimos en México y ya nada te sorprende, me gusta mucho la manera de tu narrativa y los contextos que le das a cada uno de tus textos.
    Tenía rato que no visitaba la web, seguro me encuentro por ahí con mas joyitas como esta, saludos sinceros.

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