La noche más larga

La noche mas larga

15 años…

“Cuando un amigo se va queda un espacio vacío que no lo puede llenar la llegada de otro amigo”, Alberto Cortés.

Tuvieron que pasar 15 años para que Cruz Azul pudiera festejar un título, así se trate de la Copa MX. Desde aquella final frente a León, el aficionado celeste tuvo que aprender a reprimir las alegrías, a aceptar ser la burla, a asimilar la derrota como parte de una identidad. Mas que una elección propia fue una decisión impuesta, motivada en primera instancia por un equipo que le inculcó el sufrimiento, la agonía del ya merito. Después vino la contribución de prensa y otras aficiones añadiéndole mofa a su penar.

Al término del partido contra Atlante, las cámaras se fueron tanto con los protagonistas del juego como con Guillermo Álvarez. Para no variar, el aficionado tiende a ser ignorado. Se le brinda atención en las caídas, quizá vende más un rostro triste o desangelado que uno dibujado por la euforia. Entre esas caras omitidas se encuentran las de algunos niños, pequeños que están en proceso de reafirmar el amor por una camiseta. Probablemente no tengan idea de lo que han sufrido sus mayores apoyando a la Máquina, sin embargo tienen la dicha de consolidarse como seguidores del equipo festejando lo que todo chamaco anhela cuando se siente parte de una playera, el triunfo.

¿Qué son 15 años? Se dicen fácil, muy fácil. Inevitable fue no sentir empatía con el aficionado cruzazulino. Por un lado se comprende el aplomo de los que habían resistido las promesas incumplidas. Por otro se agradece el júbilo de los que apenas comienzan en su pasión. Fueron 15 años, una prolongación de tiempo resumida a una nueva historia. Después de ver a Jesús Corona como un loco por la victoria regresé la memoria al penal anotado por Carlos Hermosillo en el Nou Camp. Me negué a dejar dicha escena como parte de un pasado, imposible encapsular el antecedente; mi propia pena así lo demandaba.

Fueron 15 años

Resulta inexplicable que Arturo Brizio no haya expulsado a Ángel David Comizzo. La patada no fue artera, sino lo que le sigue. Con agresión o sin ella, el portero pagó caro su chiste y de paso condenó a todo su equipo, a su afición. En cambio, Carlos Hermosillo le dio a Cruz Azul una gloria que se convertiría en condena, en una losa.

Tal episodio lo viví siendo todavía un adolescente. Junto a mí estaba una pequeña bola peluda con cuatro patas, era apenas una cachorra. Tenía unos cuantos días de haber llegado a casa. Yo no la adopté, ella me adoptó. Desde entonces fuimos compañeros inseparables de un sinfín de aventuras, siendo una de tantas el fútbol. La final León-Cruz Azul fue nuestro primer partido juntos.

Previo al duelo Atlante-Cruz Azul, con el morbo de saber si habrá subcampeonato celeste, algo ocurre. Mi fiel y leal aliada se siente mal. Jamás se había quejado, realmente la veo mal; su cuerpo afligido la delata. Llamo rápidamente a su veterinario y en un tris toca a la puerta. Se la tiene que llevar. Antes de irse, ella me observa con una mirada indescriptible, como diciéndome “tú tranquilo”.

Le han detectado un tumor, la tienen que operar. Se me informan los riesgos, la posibilidad de que no resista debido a su edad y gravedad del problema. De igual forma se me hace hincapié en que de salir librada podría verse perjudicada su calidad de vida; los años le han pasado factura. Solamente pido que no sufra, que suceda lo que tenga que suceder sin que sufra.

Después de una hora suena el teléfono. Dejo que haga ruido cuatro veces, respiro profundo. Intuyo lo que habré de escuchar, sé lo que me dirá.

-Elías…

-Dilo, tal cual.

-Murió. No sufrió, estaba dormida cuando le vino el paro…

Colgué.

Noche larga

Terminó el partido. Por primera vez desde hace 15 años, la bola con pelos no estuvo conmigo. Volteé hacia el sillón, ¡lucía tan vacío! Un simple mueble, un rincón incompleto, un espacio extremadamente amplio. Allí estuvimos viendo a Cruz Azul coronarse en Guanajuato; ya no alcanzó a acompañarme en la ruptura de la maldición celeste.

No soy cruzazulino, sin embargo me alegra su triunfo. Fueron 15 años de suplicio para su afición, 15 años de aguantar todo. A la inversa, sosteniéndome en el extraño vínculo con ese periodo de tiempo, me pongo en sus zapatos, ahora ya lustrados. Trato de asimilar la derrota, de aceptar lo que me impuso una despedida inesperada. La patada de Comizzo, el penal anotado por Hermosillo y la obtención de la Copa MX por parte de la Máquina se convirtieron en la noche más larga de mis últimos años.

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