Capítulo cerrado

America campeon

Una alegría como despedida

Después del agónico empate global conseguido por la osadía de Moisés Muñoz, mis emociones están a flor de piel. He disfrutado del partido como cualquier aficionado que desea ver un juego que lo motive a enaltecer la pasión por el deporte más hermoso del mundo. Rodeado de americanistas y cruzazulinos, un mar de gente, siento que algo me falta, me apremia una extraña sensación.

Comienza la prórroga. Al mismo tiempo que vibro con lo que veo, hurgo en mi memoria, en mis entrañas. ¿Qué es lo que me tiene tan inquieto? La búsqueda me instala en mi viejo, al gran amigo que perdí hace ocho años y al que le cumplí una promesa saldada con América y el Coloso de Santa Úrsula como testigos, y una final como episodio.

No, no es él lo que me genera cosquilleo. Tengo una deuda con alguien, lo intuyo. ¿Con quién? No sé. Una señora con camiseta azul grita como poseída “se gane o se pierda estoy aquí, rífense el físico cabrones”. ¿Se gane o se pierda? Sus palabras me permiten hallar al ser con quien debo cerrar una historia.

Termina el primer tiempo extra. Las tribunas son un hervidero de angustia, nervios; águilas y cementeros se muerden las uñas. No es para menos. Como tampoco fue para menos haber perdido a un amiga por causa de un accidente. Fue tan abrupto, tan rápido, que ni tiempo nos dio para decirnos adiós.

Está de sobra abundar en lo que vivimos como amigos, como cómplices, como maestros, como muchas cosas. Total, ya no está, no estará. El punto crucial es la despedida, ese broche de oro que no pudo darse por la repentina distancia impuesta por trasgredir al semáforo en rojo.

Caprichoso el destino, o lo que sea, nuevamente estoy en una final del América. Otra vez presente en el recinto donde cumplí una promesa y donde habré de cumplir otra. Otra vez a manera simbólica de despedir una amistad. Ha transcurrido la batalla en la cancha y Paul Delgadillo da el silbatazo más cardiaco de los últimos años en el fútbol mexicano. El campeonato se definirá en penales.

El primero en cobrar es Cruz Azul, Chuletita falla su disparo. Cruzazulinos que me rodean se desmoronan por completo, conciben el yerro como prueba fehaciente de una derrota segura. Americanistas son la cara opuesta: creen que es la señal de la victoria.

La tanda de penas máximas continúa. Repaso en el pasado y me acuerdo de su travieso anhelo por verme convertido en energúmeno dentro de un estadio. “Muero de ganas por saber cómo te pones. Quisiera verte llorar, reír, gritar, mentar madres. Tal como eres, apasionado por tu fútbol. ¡Imagínate en una final! Yo quiero ver eso”, solía decirme. Le prometí que así sería. Desafortunadamente murió, junto con sus ganas y sin contemplarme como lo quería.

Miguel Layún, el causante de miles de culpas según la mofa, ejecuta el penal que corona a las Águilas. Estalla la locura amarilla, enmudece el sueño frustrado de los azules. De inmediato me acerco a la señora y la abrazo, ella llora desconsolada. “La escuché hace rato. Permítame decirle que debe sentirse orgullosa por haber estado aquí. No todos los días se viven finales de esta magnitud”, le digo. “Gracias joven. ¿Usted viene solo?”, me responde.

Llegué solo, pero me encuentro con un tumulto de locos y energúmenos similares a mí. Inmerso en un universo que oscila entre el júbilo y la amargura, entre la dicha y el penar, grito, río, lloro, aplaudo y lanzo mentadas de madre. Una fuerte punzada, o mejor dicho un pellizco, siento en el pecho. No se diga más, mi deuda está saldada, cumplida la promesa. Sonrío y con toda serenidad exclamo lo que nos faltó:

Adiós.

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