Los botines de un ladrón

Botines colgados

Hay historia en ellos

Infinidad de veces les hemos visto, pocas ocasiones reparamos en la historia que hay detrás de ellos. Son los botines colgados sobre el alambrado público, pares de zapatillas que adornan calles y avenidas sin saber cómo llegaron ahí, desconociendo quién o quiénes fueron sus dueños.

Una caminata de rutina es excusa perfecta para frenarnos debajo de esos zapatos que parecen una extensión del desgastado cableado. ¿Qué significado tiene que estén allí? ¿Quién lo habrá hecho? ¿Por qué? Son cuestionamientos que surgen por una ociosa inquietud. Lo más inmediato y apropiado en el instante es imaginar, inventarles una historia. Es muy poco probable que el andar nos ponga frente a frente con los pies que fueron sus amos. Sin embargo, en un mundo tan pequeño, todo puede suceder. Aunque sea de rebote.

El ladrón

Antes canchas llaneras, hoy canchas de Fut7, el complejo deportivo del barrio ahora alberga más niños y jóvenes, ya no es exclusivo de puros adultos. En sus buenas épocas como terreno de tierra y piedras, pocos chicos se interesaban en jugar sobre una superficie distinta a las que comenzaron a invadir el terruño, es decir los céspedes sintéticos del fútbol rápido. Preferían la novedad.

Afuera de las instalaciones, los vendedores de antojitos y garnachas se mantuvieron intactos. Salvo la edad y una que otra enfermedad, no sufrieron modificación. Han dejado gran parte de su vida en la acera donde continúan ofertando y cobrando tortas, quesadillas, tacos, refrescos y uniformes. Una de esas personas es Doña Amalia, eterna residente con su carrito de papas y chicharrones.

-Oiga Doña Amalia, llevo rato mirando los zapatos que están colgados. Sonaré muy idiota, ¿cómo le hacen para ponerlos allí?

-Los avientan y ya. Esos eran de El ladrón.

-¿El ladrón?

-No era ladrón, no era delincuente. Le apodaban así porque era rápido y veloz para jugar. Nadie lo podía detener a menos que fuera con patadas.

-¿Y cómo sabe que son de él?

-¡Cuántas cosas no he visto!

Jugaba para el Atlético Volcanes, un equipo extinto que fue de tradición en la liga delegacional. Mario Alberto, su verdadero nombre, se desempeñaba como lateral derecho y tenía buen toque para centrar. “Ponía goles casi con la mano, pero sus compañeros eran torpes para rematar”, describe Arnulfo, esposo de Doña Amalia.

Además de hacerse notar por dominar su costado y poner asistencias, El ladrón poseía otros rasgos que lo hicieron famoso en las canchas del barrio. Bueno para el verbo, un enamorado al que rara vez se le negaba una mujer, disfrutaba de conquistar a las damas hablándoles bonito, prometiendo mentiras. Tuvieran novio o no, le daba lo mismo; chica que le gustaba, chica que terminaba en sus brazos.

-Era un mequetrefe, un cínico. Cuando estaban las rejas al fondo de las canchas, se trepaba y colgaba los calzones que le regalaban las muchachas. Decía que eran sus premios. ¡Un sinvergüenza!

Una de sus conquistas le pasaría factura. Al descubrir que no era la única en su vida, al saber que Mario Alberto tenía corazón de condominio, una chica decidió darle un escarmiento: pagó para que le propinaran una golpiza. A los mensajeros del desquite se les pasó la mano y le destrozaron la rodilla izquierda.

Después de tres cirugías nada fue igual, quedó rengo. Contrario a lo que se esperaba, El ladrón no se deprimió y tampoco quiso venganza. Aceptó su tragedia como consecuencia de sus actos, como parte de la vida. Sin posibilidades de volver a pisar una cancha, continuó en el fútbol de otra manera, vendiendo uniformes.

Fiaba o rebajaba los precios para los chavos que apenas y completaban para el arbitraje. Incluso regalaba camisetas, medias o botines. “Con lo que le pasó se volvió buena gente. Decía que si él no podía jugar que lo hicieran los que sí podían”, ahonda Arnulfo.

-¿Y los botines allí colgados?

-No sé si usted crea que uno presiente su muerte. Eso ocurrió con él, se las olía.

Dos días antes de morir atropellado, Mario Alberto acudió a las canchas con sus viejos botines. Luego de cuatro intentos, atinó en el quinto para dejarlos colgados.

-Si le digo que era un sinvergüenza. Los puso allí para que sus quereres supieran que no las olvidaba y para que se acordaran de él. “¡Qué chulas son las mujeres!”, nos dijo. Y aparte se reía el desgraciado.

Arnulfo me sugiere que retorne dentro de tres horas. “En la noche juegan Los Cracks, un equipo muy bueno. Tiene que ver al Avispa, un muchacho que juega tal y como lo hacía El ladrón“. De sus aventuras amorosas, Mario Alberto tuvo seis hijos, cada uno de diferente madre. Uno de ellos es Raúl, El avispa, nieto de Doña Amalia y Arnulfo.

-Mendigo ladrón, mi hija también cayó en sus redes. Mírela, es la que vende los uniformes. No sé cómo sean los otros chamacos que dejó regados, pero Raúl heredó algo bueno de su padre. Juega muy bien mi nieto.

Los botines seguirán en su sitio en primera porque les da flojera bajarlos, y en segunda porque la mamá de Raúl quiere que permanezcan allí. Tal como lo predijo Mario Alberto: hay mujeres que no lo olvidan.

2 comentarios

  1. Maxchiva jueves 6, junio 2013 at 23:44

    Muy buen relato de un Dandy de barrio… me gustó mucho.

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