“Janis, ¿te sientes bien?”

[pro-player]http://www.youtube.com/watch?v=gvmZS_GYgf8[/pro-player]Ocurrió en 1998.

Faltaban 20 minutos para que comenzara el partido y los asientos de nuestro alrededor lucían vacíos. Había mucha gente en el estadio, pero muy poca en la zona donde estábamos. De repente apareció una chica, una joven que portaba un enorme bolso negro y traía puesta una playera del América. “Órale con Janis Joplin”, dijo mi amigo. Y es que la dama era idéntica a la intérprete de Me and Bobby McGee, igualita.

Se sentó a tres asientos de nosotros y comenzó a fumarse un cigarro. Mientras le daba bocanadas, rezaba. “Ayúdanos señor, es tu deber y obligación estar de nuestra parte en estos momentos”, pregonaba. Una vez que se terminó el tabaco, sacó de su bolso un paquete de estampas amarradas con una liga. Comenzó a recargar cada estampa sobre el cemento que sirve de respaldo en las tribunas. Era su “ejército” de imágenes religiosas, de sus santos. San Miguel Arcángel, San Judas Tadeo, San Ignacio de Loyola, San Martín de Porres y otros tantos formaban parte de su “escuadrón”.

-Los invito a rezar conmigo, a que oremos para que nuestro equipo salga adelante.

-No somos creyentes.

-Comprendo. Bueno, entonces les pido que no me molesten durante unos minutos.

Se hincó, juntó sus manos en señal de oración, cerró los ojos y alzó el rostro. Oraba en silencio, fumándose otro cigarro. Cumplido su acto de devoción, se puso de pie y así se quedó esperando el inicio del encuentro. Al principio cruzó los brazos, después se puso a manotear como si le estuviera dando indicaciones a los jugadores, a futbolistas que todavía no saltaban a la cancha. Nosotros simplemente la observábamos atónitos.

-Muy rara la Janis, ¿verdad?

-Como que asusta.

Apenas aparecieron sobre el césped del Azteca los de amarillo y azul cuando la chica se arrancó en un festín de gritos. Repartió garganta para apoyar a sus Águilas y para regañarnos con base en insultos: “Levántense pendejos, echen porras al equipo hijos de la chingada”. Fue tal la magnitud de su tono agresivo cargado de improperios que terminamos por hacerle caso. Por un instante pensamos en movernos de lugar, sin embargo recapacitamos en que personajes así no se encuentran todos los días.

Escuchó el silbatazo inicial y se puso peor. Los insultos y gritos también fueron tanto para los jugadores americanistas como para los rivales, elementos de Tigres. Lo mismo era un “venga pinche Cuauhtémoc desgraciado” que un “Hernández Roetti eres un bastardo hijo de puta que no vale ni un centavo”. La cuestión era insultar y gritar, eso sí, de pie. Así transcurrió el primer tiempo. A nosotros de “huevones”, “pendejos” e “hijos de la chingada” no nos bajaba.

Llegaron los 15 minutos de descanso y se calló, de la nada se transformó en un ente silencioso. Repitió el acto de oración, con la salvedad de que fumó por lo menos ocho cigarros en dicho periodo de tiempo. Devorados sus tabacos procedió a ingerir un par de pastillas, unos “calmantes que me recetó el médico”.

-Sí está bien tocada. Mejor nos movemos, no vaya siendo que saque una navaja y se ponga más loca.

-Tampoco es para tanto.

Inició el segundo tiempo y ella no hizo mutis, se quedó tranquilita los primeros dos minutos. Esperábamos su actitud de energúmena, no obstante nos cambió la jugada. ¡Se puso a llorar! Tal cual plañidera de la vieja guardia chilló como si en verdad le hubieran pagado por hacerlo. Pese a su llanto, sentadita, insultaba: “estos cabrones nos quieren matar de un susto, fallan muchas los muy imbéciles. No se vale”.

Sorprendido por su transformación, mi amigo cometió una imprudencia. “Janis, ¿te sientes bien?”, le preguntó en un tono paternal. La bronca fue que le dijo Janis. Pudo haberle dicho lo que fuera, menos semejante nombre.

-¿Cómo me llamaste, pedazo de animal? ¿Escuché bien? ¿Janis?

-No, no, no. Pregunté que si estabas bien.

-A mí no me haces tonta, entendí perfectamente que me llamaste Janis.

Del llanto pasó a la rabia, a un coraje que derivó en nuestra escapatoria. Tiró todas las estampas de sus santos, nos aventó su bolso y nos persiguió. “Ya estoy harta de que la gente me confunda con esa vieja, ya estoy hasta la madre”, nos gritaba mientras nos dirigíamos al túnel.

-Ahorita saca la navaja, ya lo presiento.

-Es capaz. Córrele.

Ya no supimos lo que aconteció en el partido. De hecho no lo supimos desde que arrancó. Por estar pendientes de Janis Joplin nos perdimos en su justa dimensión de lo que al final fue un 6-3 en favor del América. Felices por tener anécdota, frustrados por no disfrutar del juego, salimos del Azteca para dirigirnos a casa. Lo hicimos caminando sobre Calzada de Tlalpan, de su tramo norte a sur. Muy campantes íbamos a la altura del Superama que colinda con Periférico cuando escuchamos gritos. Era ella correteando a un chico con camiseta de Tigres: “De mí no te burlas, pendejo. Janis Joplin tu chingada madre”.

3 comentarios

  1. Maxchiva miércoles 17, julio 2013 at 21:39

    Para desternillarse de risa… me encantó la anéctoda, jajajajaja! Desde el Azteca hasta los campos llaneros de mi pueblo, creo que hay personajes así que rodean las canchas del mundo, jejeje.

  2. Maxchiva miércoles 17, julio 2013 at 21:40

    Y no sé si sea casualidad pero abajo de las recomendaciones relacionadas con este post, se anuncia un show de… Janis Joplin… ¿Eso fue premeditado? Jejeje

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