Había dejado de importar la camiseta

Ramon Ramirez

Vieja herida

Con aprecio al futuro padre.

Lo conocí hace muchos años en una fiesta. Me lo presentó una amiga: “es mi novio”. Portaba una playera con el nombre de AC/DC y hablaba de la banda, especialmente de Angus Young, como si fuera un tema sumamente crucial en la vida de todo ser humano. Gesticulaba, manoteaba y alzaba la voz; interpretaba las emociones que le generaba tal o cual rola. Vaya, era un hombre poseído por su devoción musical. Algo habré dicho, no recuerdo qué, para que me volteara a ver con un rostro agresivo. Cuando se acercó creí que me golpearía, o que me insultaría con gritos. “Si dijiste eso es porque también te late AC/DC”, me expresó al mismo tiempo de darme una palmada en el hombro. En efecto, no se equivocaba.

Empezamos a charlar de otros temas y de repente conocí su otro lado, la seriedad. Igualmente apasionado, que ya no poseído, platicó de pájaros, tucanes, halcones. Supe entonces que el tipo era, y es, una eminencia en lo concerniente a las aves. Todo un loco. “Me contaron que escribes de fútbol. ¿Te gusta mucho el fucho o qué?”, preguntó. “Sí, bastante”, respondí. Reviró con una mueca como las que suelen obsequiar los antifutboleros.

La mueca tenía una razón de ser. Y eso lo descubro ahora que transcurrieron los años. Me quedé con la idea de que odiaba el fútbol, de que lo aborrecía. Entre el rockero desquiciado y el hombre de estudio era imposible encontrar a un futbolero, no daba señal alguna de serlo. Fue hasta que escribí algo relacionado al América cuando desenterró un pasado muy vinculado al balón.

Se tomó el atrevimiento de compartirme su faceta pambolera utilizando el lenguaje característico del aficionado. Volvió a sus recuerdos para obsequiarme esos sentimientos que nos obsequia nuestra pasión por el fútbol. Guadalajara, América y Ramón Ramírez, fueron los tres elementos que puso sobre la mesa. Nos tuvimos que remontar a 1999, año en que el jugador nayarita pasó del Rebaño a las Águilas, un traspaso polémico para los medios, hiriente para las aficiones y para el propio Ramón.

-Era americanista a morir, yo era de los que se ponían a llorar las derrotas. Veía todos los partidos, recortaba los periódicos con las noticias del equipo, y sobre todo odiaba a las Chivas, no podía verlos ni en pintura. Amaba al América.

-¿Y qué pasó?

-¡Cómo que qué pasó!, no mames. Cuando Ramón Ramírez pasa de las Chivas al América me sentí defraudado, eso no podía ser. Fue terrible darme cuenta que había dejado de importar la camiseta, esa camiseta que Zague honró, por ejemplo.

-Ni Ramón estaba de acuerdo.

-Es que nadie en su sano juicio puede estar de acuerdo. !Fue una traición!, una perversión. Ver a un chiva portando la camiseta americanista era como tener un infiltrado.

-Te dolió gacho.

-¡Imagínate cuánto! Fue allí cuando se me acabó la pasión en general. Mira, ya mejor le paramos antes de encabronarme más.

Tan se le había acabado la pasión que por eso ocultó durante años su perfil futbolero. Del americanista empedernido que fue ahora existe un aficionado que, exhibiendo su cicatriz, se recupera a paso lento. No abre la herida, simplemente rememora su origen centrándose en un episodio donde se atentó contra lo más digno que puede tener un aficionado después del gusto por el juego, el amor a una camiseta.

-¿Por qué no me lo habías contado?

-No es fácil, fue traumático eso.

-¿Y ahora qué prosigue?

-Por el momento ya no enojarme. Ah, y de águilas ni hablemos.

Días después de haber destapado al futbolero que lleva dentro, me llama entrada la madrugada para decirme que acababa de ver por centésima ocasión el concierto de AC/DC en la cancha de River: “Te invito a que lo veas y te imagines lo impensable. Después relaciónalo al traspaso de Ramón”. Lo vi. Nada más impensable y drástico que visualizar a Angus Young dominando el escenario, con una multitud entregada a él, tocando Highway to hell y cantada por Ricardo Arjona. AC/DC y Arjona juntos en un escenario, ¡sería una atrocidad! “Te sentirías herido si eso ocurriera”, diría él.

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