¡Crack!

A mi padrino con cariño

A mi padrino con cariño

A mi padrino con cariño

Ya son seis meses desde que se fue y hasta hoy me decidí a escribir acerca de él, de eso que pasó, de lo que siento y de lo que no me había logrado surgir. Antier fue su cumple… mmm, no, hubiese sido su cumple, ya 70 años, seguro iba a hacer un fiestón como solo él acostumbraba hacerlo, pero eso ya no fue posible.

Antonio Cerqueda era su nombre, conocido en el bajo mundo como Tony Mastroianni, o don Toñito años después como le decían en el pueblito donde llegó a curar ese mal que a final de cuentas lo llevó a la tumba. Sí, el alcohol fue su amigo y consejero, no me atrevo a decir que malo o bueno, porque solo él sabía lo que sentía cuando se sentaba en esas mesitas de Carta Blanca y echaba la ficha con sus cuates de trago. Ese fue su lado débil, el trago; pero señores, el gran Toñito fue mucho más que eso, tuvo una historia de vida fantástica, futbolera hasta el día de su muerte, de esas grandes, de las que nos cuentan y no la creemos; de esas que terminan siendo como capítulos de vida que se quedaron en el fatídico hubiera pero que llegó a tener momentos de gloria.

Chaparrito y muy habilidoso, le pegaba con un tubo al balón, Toñito vivió sus mejores momentos jugando para el Tecnológio Regional de Saltillo por allá de 1959 a 1962 cuando contaba con 16 años de edad. ¡Era un crack! Fueron tres años los que jugó al futbol allá y los diarios regios de la época lo ubicaban en sus páginas deportivas como la gran promesa del futbol norteño.

Elmer Cerqueda, le nombraban sus compañeros de equipo por ese genio endemoniado que se cargaba, era una sensación total, veloz, hábil y contundente, le pegaba con las dos piernas y a pesar de su baja estatura llegó a marcar goles con la cabeza. En serio, un crack en potencia.

Sus historias en la cancha por lo tanto no pasaban desapercibidas. Siempre había algo que contar del Elmer… “¡Impresionante, hizo sombrerito y el derechazo se metió en la esquina superior de la portería!”… de estos relatos había muchos en aquellos años, todos lo conocían, todos lo admiraban.

(Por esta ocasión les debo los recortes de esos diarios, pues sus grandes tesoros lo acompañaron en el camino rumbo al cielo).

Como era de esperarse, los grandes de la región, los del Tec de Monterrey, lo ficharon para jugar de su lado, y es que de ahí el paso a la división de honor con el equipo grande del Monterrey hubiese sido pan comido para el crack. Toñito lo aceptó, su sueño de seguir jugando lo llevó a dar el sí sin dudarlo un solo segundo. Su primer partido sí, contra el Tecnológico de Saltillo, a los que marcó tres goles en tan solo 35 minutos. Los gritos de “traidor” no faltaron tras el fin del partido, pero la realidad es que nada ni nadie lo podía frenar, aunque el destino tenía otro camino reservado para él.

Terminó su carrera universitaria y se recibió como técnico electricista. Por otro lado, la fama de la que comenzaba a gozar le empezó a jugar pasadas que finalmente terminarían desviándolo de su pasión por el futbol. Los amigos, las mujeres y la fiesta, terminaron por ganar esa batalla que con el paso del tiempo le cobró una factura muy cara.

La vida lo regresó al DF, de donde era originario. Ya en la capital impartió talleres de electricidad por muchos años en la Secundaria Técnica Industrial y Comercial numero 77, hoy la secundaria # 25 ubicada en la colonia Portales. De hecho, el taller de esa institución actualmente lleva su nombre: “Taller de electricidad Antonio Cerqueda González”.

El paso del tiempo y sus nuevas distracciones, lo convirtieron en un gordito simpático, dicharachero, alma de la fiesta, pero al mismo tiempo con amistades pasajeras, de doble cara, mujeres interesadas y siempre de la mano de su gran amiga de aquellas épocas, la botella.

Aunque se olvidó de las canchas, la realidad es que al futbol nunca lo dejó, ese estaba impregnado en su corazón, en su mente, era parte de su razón, de su existir, solo que ahora en lugar de practicarlo lo seguía sin falta en las tribunas del estadio Azteca. Su americanismo era enfermizo, y cuando no estaba en el Azteca, se le veía echando porras a los Diablos Rojos del México, su otro gran amor, pero esa es otra gran historia, créanme.

Toñito siempre estuvo presente en mi niñez, era mi padrino de bautizo, además mi tío, hermano de mi madre. Mi americanismo a final de cuentas se lo debo a él en gran parte, pues cuando decidió dejar el vicio y emigrar a la ciudad de San Luis Potosí, donde hizo una vida nueva y nos mostró que siempre existen segundas oportunidades, la convivencia familiar fue su nuevo estilo de vida y el futbol domingo a domingo era una cita obligatoria con este servidor que lo esperaba ansioso ya con la tele prendida para ver los partidos de las Águilas.

Una de esas tardes de domingo de 1987, tras un triunfo “espectacular” del América, nos contó una de sus múltiples anécdotas de copas en sus años alegres, de esas que hoy todos en la familia siguen recordando y que nunca se olvidarán. Resulta que una noche de futbol entre semana, llegaba del estadio en claro estado de ebriedad a la casa donde vivía con sus sobrinos, cuñado y hermana, fue entonces que sigilosamente (según él) entró de madrugada al hogar y vio algo como parecido a un balón, sin dudarlo y a como Dios le dio a entender, logró enfilarse hacia el “redondo” objeto y de zuuuuurdddaaaaa metió tremendo zapatazo al grito de Borjaaaaaaaaaa!!!! Pffffff aquel motor del refrigerador que estaba junto a la puerta de la cocina no se movió un solo centímetro, y mi padrino, obvio, se fracturó su pie lo que lo alejó de sus deberes de docencia por algunos meses, cuestión que a la postre le costó su trabajo aunque luego regresó.

Su vida en San Luis, en la población de Pozos, fue toda una aventura. Tras iniciar su rehabilitación fue encargado de una Eléctrica famosa en aquella región, “Eléctrica Pozos”, ahí, ayudado por uno de sus sobrinos salió adelante, venció al vicio y se reivindicó con la vida. Ahora, sus ahorros iban dirigidos a los niños sin hogar, llevándoles alegrías en fechas importantes. Toñito igual se disfrazaba de Santa Claus que de Rey Mago, (aunque medio pasado de kilos). Con el tiempo se hizo cargo de un equipo de futbol de la entidad. Su fama era enorme, todos lo conocían y me atrevo a decir por lo que vi y viví, que todos lo querían.

“¿Don Toño qué pasó con esas Águilas?”, le decían al verlo descansar por las tardes en las banquitas del parque central de Pozos cuando al equipo le iba mal. Ni hablar, su americanismo era parte de su vivir diario, pobre de él cuando perdía el América, y pobres de aquellos que se escondían toda la semana cuando los de Coapa sacaban el triunfo.

Reconocimiento dedicado a Toñito...

Reconocimiento dedicado a Toñito…

COMO DT:

Sus conocimientos futbolísticos lo llevaron a hacerse cargo del equipo de Pozos, allá en San Luis. Su carácter fuerte y su fama de gruñón lo llevaron a hacer de un equipo que no contaba con mucha fortuna, un cuadro aguerrido, y que por fin jugaba uniformado de pies a cabeza, pues en la mente del entrenador estaba claro que para ser un equipo de futbol, primero había que parecerlo. Así que los uniformes de sus dirigidos era una de sus responsabilidades torneo tras torneo, ahí no había vuelta de hoja.

Su táctica no era nada nueva, 4-4-2, mucho sacrifico y pobre del que no corriera. Al final, el triunfo o la derrota eran reflexionados y de ahí obviamente la cerveza aliviaba todos los males o agrandaba las alegrías de los jugadores, aunque en ese festejo el entrenador los acompañaba con un refresco o agua de sabor.

Su fortaleza para vencer al vicio lo hizo mejor persona de lo que ya era. Puedo asegurar que después de muchos años de haber dejado el alcohol, 27 si no mal recuerdo, nunca dejó de esforzarse en el nuevo objetivo de su vida. Cuando alguien le sugería que esa lucha ya estaba ganada él siempre respondía con un categórico “NO”, cada día que no tomaba era una batalla ganada que agradecía a Dios y le pedía fortaleza por la nueva que estaba a punto de iniciar. Sin embargo, lo hecho, hecho estaba. La cirrosis a final de cuentas le complicó su andar de manera drástica durante sus últimos años hasta que un día empeoró y en cuestión de días ahora sí que terminó colgando los botines.

Con los años su fama se hizo grande. Hoy, su leyenda vive arraigada en Pozos sin duda alguna, sigue siendo todo un personaje.

Recuerdo que ese 4 de febrero de este año muy temprano, mi madre, que tenía ya semanas cuidándolo en San Luis, me llamó para darme la mala noticia con la voz entrecortada… “hijo Toñito ya se murió, agarra un autobús y vente para acá”.

Lo velamos toda la noche en un acto característico de los pueblos, con mucho color, una experiencia “especial” dentro del dolor que nos aquejaba, con la calle empedrada cerrada y una carpa afuera del taller eléctrico donde lo velamos para que los que desearan llegar y sentarse no fuesen afectados por el sol de la tarde, el intenso frío de la madrugada, o una sorpresiva lluvia, y es que no había otro lugar mejor para darle el último adiós que en donde se le quiso mucho, pero sobre todo, donde él encontró la paz y el camino de la reivindicación.

La madrugada, el frío, el café, la gente noble sirviendo a los citadinos que llegaban con el pasar de las horas desde la capital, las demostraciones de cariño hacia él, la visita de sus ex jugadores y el reconocimiento de su equipo (que ahora lleva su nombre) con un trofeo donde resultaron los menos goleados del torneo, fueron el cerrojo digno de una vida llena de aventuras, pasiones, sinsabores, alegrías y mucho amor, y es que Toñito, donde quiera que te encuentres, siempre estarás presente en los corazones de todos aquellos a los que les diste un cachito de tu vida, en especial en el mío.

¡Gracias por todo crack!

Comentarios

Your email address will not be published. Required fields are marked *