Relato de un olvidado

Han transcurrido 24 horas y el cadáver sigue ahí tendido sobre la plancha; sin nadie que reclame el cuerpo. Fue hallado en un lote baldío sin identificación alguna, sin documento que avale su paso por la vida. Las arrugas de su piel (ahora cosida por aquí y por allá) no significan nada para los empleados de la morgue, quienes consideran se trata de otro anciano indigente que murió de inmundicia, uno más en la cifra de desdichados que fallecen aparentemente sin historia detrás. Al no saber su pasado, le inventan alguno.

-Ya sabes. De seguro fue un padre desobligado que se enamoró de varias mujeres y terminó loco. Lo de siempre.

-No. Para mí que fue un hippie o un revolucionario de cafetería que nunca hizo nada de provecho y terminó tirado al trago.

Hasta eso atinan en ciertos detalles. En efecto, no hizo mucho en favor de él. Fue mujeriego, sí, pero no tuvo hijos que padecieran sus andanzas en varias camas. Fue alcohólico, sí, de puertas hacia adentro cuando se refugiaba en la soledad. También fue un loco, un ocioso que tomó la decisión que le cambiaría la vida a unos cuantos, una decisión que nadie se la reconoce. Ni siquiera quienes deberían de hacerlo.

Fue él quien los descubrió, quien les vio por primera vez el talento que poseían para jugar fútbol. Fue él quien gastó para que aquellos adolescentes tuvieran uniformes y artículos necesarios para desarrollar sus virtudes en la cancha. Fue él quien los motivó a incursionar de lleno en su gusto por el balón. Fue él quien batalló una y otra vez para que los chicos recibieran una oportunidad de mostrarse en diferentes clubes. Gracias a él se convirtieron en ídolos, en vacas sagradas de los estadios.

Por lo que hizo con ellos no pidió nada a cambio, se dio por satisfecho con saber que no terminarían durmiendo y muriendo en las calles como otros tantos muchachos de la colonia. Jamás esperó una retribución. Creía en el destino, en que su destino lo eligió para cooperar con esos chicos, en que el destino le brindaba la dicha de sentirse útil por primera vez.

Lo anterior lo sé por lo que cuenta Don Artemio, un antiguo reportero de la nota roja que sigue cazando informaciones y anécdotas para ver si algún medio se interesa en comprarle una. En realidad lo hace por su devoción al oficio, no se acostumbra al retiro.

-Varias veces lo detuvieron porque según robaba estando drogado. ¡Patrañas! Nunca se drogó y nunca le robó a nadie. Trabajaba de velador de la unidad habitacional que está junto al mercado, así es como se ganaba sus pesitos. Vivía en un cuartucho de la misma unidad.

-Si usted sabe quién es, ¿por qué no se los dice?

-No, mijo, no. ¿De qué va a servir? Mira, en este mundo las historias son de los vivos, no de los muertos. Salvo que sean cosas de fantasmas y aparecidos, de nombres distinguidos, o de una tragedia de película, tal como ando esperando algo, de algo que venda, los muertos no le importan a nadie.

-Pecaré de ingenuo, pero quizá alguno de los jugadores se acuerde de él.

-¡Qué va! Si no lo hicieron cuando debutaron, cuando fueron campeones y cuando llegaron a la Selección, muchos menos ahora. Perdona si te lo pregunto, ¿por qué te interesa? Es más, ¿por qué estás aquí?

-Porque fui yo quien encontró y reportó el cuerpo.

-Te daré un consejo: olvídate de los muertos, de los cadáveres desconocidos. Mejor ve y duerme tranquilo.

-¿Y si nadie lo reclama?

-A ti qué más te da. Total, ya murió. Si a nadie le interesó en vida, congruente es que a nadie le interese estando muerto.

Y ahí sigue tendido sobre la plancha, alimentando la imaginación de los trabajadores de la morgue.

4 comentarios

  1. Ingrid Alcazar viernes 4, octubre 2013 at 19:54

    Leo esto mientras oigo “Common People” y vaya que me ha impactado más. Qué contundente texto, felicitaciones Elías.

  2. Edgar L. martes 26, noviembre 2013 at 18:30

    Acá, acordándome que existe una buena página de futbol.

    Que bonita historia, siempre hay algún anónimo que puede echarles la mano a los futuros ídolos.

    Saludos.

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