La señora Domínguez

La emergencia

Golpes desesperados y alarmantes tocan la puerta. Interrumpido el maratón de películas que ve junto a su esposa e hijos, Juan se levanta a abrir. “Perdona que te moleste pero mi abuelita se puso muy mal. Ya vino una ambulancia por ella y se la van a llevar al hospital. Quería ver si no tienes dinero que me prestes, no me alcanza lo que tengo para pagar el traslado”, le dice Jimena, la nieta de la señora Domínguez. No lo piensa dos veces, Juan va por su cartera y le da unos cuantos billetes. Pregunta a la chica qué pasó, a qué hospital se la llevarán, que cómo le hará con el resto de los gastos. Jimena apenas puede responder, está toda asustada, teme lo peor.

-Te los pagaré en cuanto pueda.

-No te preocupes.

-Gracias. Adiós.

La emergencia, la posibilidad de un desenlace, remueve las entrañas de Juan. En cuestión de segundos le vienen a la memoria los pasajes de una infancia ligada a la señora Domínguez. Le cuenta a su esposa lo que ocurre, lo que siente tras enterarse de la noticia.

-Ay Flaca, creo que iré a acompañar a Jimena. Deja hago unas llamadas y me voy al hospital.

-Sí, ve. Cualquier cosa, estaré despierta.

Ha llegado el momento de reunir a la antigua banda para encontrarse nuevamente con la señora Domínguez. Juan le llama a los otros siete mequetrefes con los que se dio rienda suelta jugando cáscaras en la calle, los otros siete miembros del equipo de asfalto que tantos dolores de cabeza le causaron a “la vieja loca”. Y viceversa.

Pasada una hora, los ocho arriban al hospital. Jimena es un mar de lágrimas; su abuelita está en terapia intensiva. Su llanto estruja, su única familia puede esfumarse en cualquier instante. Además de brindarle palabras de aliento y darle abrazos, le entregan una caja con dinero. “Hicimos la vaquita. Ni se te ocurra pensar en que te lo cobraremos”, especifica Juan. “Ella los recuerda con mucho cariño, siempre habla de ustedes”, dice Jimena. Tal declaración los asombra, todos voltean a verse esbozando una sonrisa, alegres por escuchar algo que creían impensable.

La señora Domínguez

-Cuando se nos volaban los balones al patio, tu abuela nos los regresaba todos ponchados. ¡Y se carcajeaba!

-Nhombre, pero si cuando le rompíamos las ventanas a puro balonazo. Nos iba a acusar con nuestros papás y hasta nos echaba a la patrulla. Fíjate, a mi mamá fue y le dijo que me diera de cinturonazos para que me aplacara. Y mi mamá muy obediente. Era tremenda tu abuelita, se reía porque sabía que sí me iban a tundir.

-¿Y la manguera? Ah, es que le daba por salir a empaparnos con la manguera. Decía que éramos ponzoña, que no ensuciáramos su pedazo de territorio jugando fútbol, que era un jueguito de niñitos imbéciles. Así nos decía, imbéciles.

-Las cosas como son. Nosotros también nos desquitábamos. Jajajaja, ¿recuerdan cuando le lanzábamos cohetes en la noche y salía toda histérica a gritar que la queríamos matar? Jajajaja.

-Jajaja, o como cuando le pintarrajeamos todo el zaguán con groserías. Uy Jime, ese día se puso como loca, imagínate ver puras palabrotas pintadas con laca. No te miento, hasta fue por un sacerdote para que echara agua bendida al zaguán, creía que nosotros estábamos endemoniados.

-Pues a mí un día mi jefe me castigó prohibiéndome ver la final. ¡La final! Me encabroné tanto que fui a cortarle la luz a la señora Domínguez. Sí, fui yo, pero es que sí estaba bien encabronado. Jajaja, tu abuela no tuvo luz como cuatro días y le dejé un paquete con velas en la puerta. Entiéndanme, ¡era la final!

-No, no, no. Lo mejor fue cuando Juan le dio el balonazo en la jeta. Jajajaja, jajajajaja. Venía ella del mercado, cargando sus bolsas, y lanzando maldiciones para que no estorbáramos. No, pues que se prende Juan y ¡pum!, directo a la cara. La tumbó del madrazo.

-Como escucharás, tu abuelita y nosotros nos dimos buena batalla. ¿Por qué dices que nos recuerda con cariño?

-Dice que eran unos bárbaros, unos demonios, pero que le ayudaron a mantenerse viva, a sentirse viva, de pie. Por eso los tiene muy presentes.

Hierba mala…

El médico les informa que la señora Domínguez es un toro, un roble. “No me pregunten cómo. Hay circunstancias donde la ciencia no tiene explicación para lo que mucha gente denomina milagros. La señora se ha estabilizado, está bien y ahorita requiere de reposo”, refiere el galeno. Jimena y los ocho mequetrefes se congratulan, respiran al saber que “la vieja loca” aún está con ellos. “Lo ves Jime, hierba mala nunca muere”, bromea Juan.

Sin saber que los chamacos endemoniados están junto a su nieta agradeciendo lo inexplicable, la señora Domínguez se cuestiona qué hace en un hospital, qué le habría pasado para estar allí. Una vez más los mocosos han contribuido a que siga latiendo, tal como lo hicieron cuando se quedó sola, cuando su hija se fue sin decir adiós, antes de que regresara solamente para dejarle a una pequeña por la que nunca volvió. Pero eso no lo saben Jimena ni los ocho mequetrefes. Así es la señora Domínguez, tiene sus secretos y los guarda con recelo. De hecho, arrumba entre sus recuerditos el último balón que volaron aquellos niños, aquellos niños que poco a poco se olvidaron de las cáscaras para darle paso a otras travesuras. El único balón que no ponchó.

2 comentarios

  1. Maxchiva lunes 21, octubre 2013 at 22:35

    Muy buen relato, en mi cuadra no hubo ninguna señora Domínguez, hasta eso tuvimos suerte de que los vecinos fueran muy pacíficos, jejeje. Saludos.

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