‘Hueso’ Cerón, el ídolo

Tiene dos meses de haber llegado a la colonia, poco tiempo como para familiarizarse completamente con vecinos, sitios y tradiciones propias del lugar. Para empaparse un poquito más de sus nuevos aires, Rodrigo decide ir al homenaje que recibirá Hueso Cerón en uno de los parques que existen en la zona. Y lo hace porque cree que no le quita nada saber acerca de un personaje al que las autoridades delegacionales reconocerán por ser “celebridad distinguida de la colonia, leyenda e ídolo de las canchas nacionales”.

Mientras camina rumbo al parque le es obsequiado un folleto con información del evento, una hoja mal doblada en dos partes donde se explica en una sinopsis quién es Hueso Cerón. Algo no le cuadra, algo le inquieta. Pese a sus escasos conocimientos futboleros, dado que no es un apasionado al deporte de las patadas, simplemente le gusta, Rodrigo no recuerda haber escuchado pasajes sobre Cerón. Al menos no el siguiente que viene descrito en el folleto: Un ídolo que formó parte del equipo mexicano que representó al país en el Mundial de Inglaterra ’66, vistiendo con honor los colores patrios de nuestra querida Selección Nacional. Valorando como una falta de respeto que a una “celebridad distinguida” se le presuma en un papel todo arrugado, también concibe que el dato mundialista pudo haber sido error de quien lo redactó. “Seguramente le pidieron a un niño que lo escribiera”, piensa hacia sus adentros.

En el trayecto aprovecha para preguntar a comerciantes qué saben sobre el señor Cerón y por qué es famoso en la colonia. Nadie le sabe responder pues, al igual que él, son nuevos en la demarcación. Ya de perdida descubrió que no es el único ajeno en la comunidad; se olvida por completo de sus dudas, prefiere despejarlas en la ceremonia.

¿Y el señor Cerón?

Un grupo de niños baila Evangelina sobre un templete de madera; es el espectáculo previo al homenaje. Los infantes se mueven muy emocionados con la polka norteña, ignorando que su público está conformado por padres de familia, los suyos, y 20 ancianitos, 10 hombres y 10 mujeres sentados sobre sillas de plástico y que aplauden por órdenes de una chica que pertenece al personal de la delegación. “Pero aplaudan, aplaudan con ganas. Al rato les damos sus vales, pero ahorita aplaudan”, les indica.

Extrañado por el poco afloro, así como por el bailable, Rodrigo se aproxima a la raquítica multitud para ver si alguien puede darle detalles sobre Hueso Cerón. Le pregunta a uno de los viejitos. “Aplaude, aplaude, en una de esas también te dan tus vales”, obtiene como respuesta. Como no sabe de lo que habla el señor, da media vuelta y sigue buscando a alguien que le ayude en su inquietud.

Para su fortuna, la música deja de escucharse. Los niños brindan una reverencia, los papás les echan porras y los ancianitos aplauden al borde del éxtasis. Todavía no bajan las criaturas del templete cuando un hombre vestido de traje, presentándose como el secretario de Cultura local, los felicita por su extraordinaria participación en el homenaje a Hueso Cerón, además de vaticinarles un futuro maravilloso en el mundo de la farándula.

-Bueno, señoras, señores, a todos y cada uno de los presentes que nos acompañana este mediodía, antes que nada les doy las gracias por su presencia. Ha llegado el momento por el cual estamos aquí reunidos, un instante promovido y llevado a cabo por nuestro delegado, un funcionario que ve por la cultura de nuestra querida delegación. Gracias a él podemos decir que, luego de que gestiones pasadas no movieran un dedo, por fin el ídolo Hueso Cerón será merecedor de un homenaje especial, de un premio moral a su labor como ciudadano y vecino de nuestra amada delegación.

El discurso de presentación se extiende por cinco minutos más, y es alentado por una cascada de aplausos seniles. La chica de las órdenes interrumpe al secretario susurrándole al oído; concluye su verborrea.

-Me acaban de comunicar que Hueso Cerón, nuestro héroe de las canchas, no podrá venir debido a un inconveniente en su estado de salud. Les pedimos una disculpa, les pedimos su comprensión ante lo ocurrido. Fue algo que no estaba en nuestras manos, pero deseamos de todo corazón que se recupere Hueso Cerón lo más pronto posible. ¡¿Que les parece si le dedicamos una porra?! Hagamos llegar nuestras buenas vibras hacia él. A la una, a las dos, a las tres. ¡Chiquitibum a la bim bom ba!, ¡chiquitubum a la bim bom ba!, ¡Hueso, Hueso, ra ra ra!

Enojados por el cansancio, los viejitos aplauden con furia; ya quieren sus vales. Realmente molesto, uno de ellos se levanta de su asiento y, sin decir nada, se va. Rodrigo se da cuenta y lo alcanza.

La verdad del Hueso

-Perdone, soy nuevo en la zona y hasta ahora nadie me ha podido decir quién es el señor Cerón.

-¿En verdad quieres saber?

-Sí, por eso estoy aquí.

-No es nadie.

-¿Cómo?

-No existe. A nosotros nos trajeron prometiéndonos vales de despensa y apoyo económico. No somos de aquí, venimos de otra delegación.

-¿Y entonces el homenaje?

-Es una tontería que se sacaron de la manga para presumir que sí invierten en cultura y no sé qué. Dicen que jugó con México en el Mundial de 1966, una mentira ridícula. Ningún Cerón existió en aquella selección. Es más, ¿en qué cabeza cabe apodar a un futbolista mexicano Hueso? Por favor, ¡habiendo tantos apodos!

Olvidándose de vales y dinero, el viejito se marcha. Rodrigo hace lo propio retornando a su hogar. Decepcionado por el embuste delegacional, se plantea si todo su nuevo entorno es real o ficticio, si todo se basa en la simulación o el engaño. Coloca en su pensamiento una máxima de la actualidad: “Ya no se puede confiar en nada, ni en nadie, en estos tiempos”.

Más allá de la artimaña empleada por autoridades delegacionales, apelando a su simple gusto por el fútbol, se frustra por la carencia de ídolos verdaderos en las canchas, de aquellos ídolos que solían ser adoptados por grandes y pequeños jugadores que corrían tras un objeto redondo en un campo de tierra, una superficie con pasto sintético o en el asfalto. Esto lo maquila en su cabeza contemplando a un niño sentado sobre una pelota, cuestionándose cuántos ídolos de barro faltan por construirse bajo la sombra de una gloria inexistente.

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