El señor Ortiz Maldonado

Personas van y vienen por la vida. Algunas las encaminas a la mejor forma del anonimato, el olvido. A otras las recuerdas con aprecio, un aprecio que se agranda toda vez que se han ido y que se resguarda con agrado en la memoria. Basta un instante de su existencia para descubrir que, por diversas razones, sus pasos marcan para bien los tuyos.

Caprichoso y apasionante como es, el fútbol también se juega fuera de la cancha. En su lado sano, el balón permite el encuentro y la interacción de distintos mundos. La pasión por una pelota puede romper barreras y unificar a dos seres tan opuestos pero dispuestos a aprender uno del otro respetando su propia concepción de las cosas.

-Es un placer conocer y ayudar a nuevos periodistas.

-El placer ha sido mío. Permítame darle un abrazo.

Recuerdo bien el momento. Con una enorme sonrisa en su rostro, con una amabilidad halagadora, el señor Federico agradecía que le dedicara tiempo para escucharlo. Con lágrimas me expresó gratitud por darle la oportunidad de revivir sus glorias como futbolista, su pasión. Tal gesto, tal sinceridad desnuda de emociones, lo tengo muy presente.

Previo a la despedida, la charla había transcurrido guiada por su voz. Sin guardarse nada, el hombre de edad avanzada se abrió para compartir un sinfín de anécdotas y sentires, siendo dos temas los que más cautivaron: el amor a una camiseta y la nostalgia por una época. Ortiz Maldonado formó parte del plantel americanista que obtuvo su primer título en la era profesional, es decir, en la temporada 1965-66.

Su tono, el ritmo de voz, cambiaba en cada segundo. Así como se le hacía un nudo en la garganta por la dicha de haber sido futbolista, reía o se ponía serio abordando al fútbol desde la entraña. Presumía con orgullo su pasado con América: “Yo llegué y les dije que era un jugador indicado para ser titular y para ser americanista. ¿Por qué? Porque de entrada les advertí que sería campeón. Si tú llegas a un equipo como América no puedes pensar en otra cosa que no sea ser campeón”.

Llevándome con su plática a los años sesenta, se adentró en señalarme las diferencias que existen entre el fútbol antiguo y el moderno, así como en precisar lo que consideró se ha perdido: “Un jugador que se la pasa corriendo y no sabe qué hacer con el balón no funciona. Si tienes un compañero a un metro no le vas a pegar de lujo o volea. No es lo mismo pasarle la pelota a un compañero que cobrar un tiro libre o concretar una opción a gol, hay que saberle pegar al balón. Y eso no se aprende corriendo una hora. A la pelota hay que sentirla desde niño, tener hambre, hacerla tu amiga”.

-Un buen director técnico no obliga, enseña.

-¿Usted qué enseñaría, por ejemplo, en el factor humano?

-Humildad. Si en la calle te paran para saludarte, pedirte una foto o un autógrafo, es un honor. Nada cuesta hacerlo.

Lo anterior ocurrió en 2011. Luego de concluir la charla y despedirnos, volví a casa con una sensación inexplicable. Supe después, con el correr de los meses y los años, lo mucho que me aportó el señor Ortiz Maldonado. Y eso lo comprobé con charlas posteriores mantenidas con personalidades como Tomás Boy, Ricardo Ferretti, Mario Carrillo o Cuauhtémoc Blanco, tipos vistos como huesos duros de roer. Hay futbolistas o entrenadores a los que no hay que preguntarles, sino hablarles. Y la humildad de alguien que desea saber y aprender puede compaginar con la humildad de alguien que desea ser escuchado. Vital es la honestidad, rasgo que en el fútbol suele anidarse en la pasión y en el gusto por un balón, sea cual sea la cancha donde ruede.

-Muchas gracias, muchacho.

-Señor, no tiene nada que agradecer. Por el contrario.

Aquí la charla con don Federico.

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Regreso de vacaciones y me pongo al día con mis labores. Reviso correos electrónicos, uno de ellos me entume frente al monitor. Junto a mi gato, el silencio me acompaña. No hallo palabras, no sé qué decir o qué teclear.

Me entero que Federico Ortiz Maldonado falleció el 27 de diciembre de 2013 a los 71 años de edad. Antes de partir, el señor nos dejó un mensaje. Se fue agradecido con este sitio, deseando felicidad, dicha y bendiciones. No olvidó la charla, y nosotros no lo olvidamos a él.

*Con cariño a su familia.

El señor Ortiz Maldonado

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