Yo, estóper

No, Emiliano. Dale el suéter y tus guantes a Poncho que tú hoy no paras. Hoy vas de estóper -dijo Rafa el entrenador.

Si bien en un principio, cuando recién comencé a jugar futbol con el equipo del barrio era defensa lateral izquierdo (lo más lejos del balón, decía el entrenador), salir del arco en mi equipo de la escuela significaba una derrota. No usar los guantes de lija ni el suéter rojo, era toda una novedad.

– «¿Estóper?», le pregunté al profe.
– «Stopper», contestó.
– «¿Y qué es eso?», refuté.

Entonces me contó que el estóper era el líder, era la médula, la columna del equipo. Que por él pasaban los primeros balones, que él organizaba y repartía, que él le gritaba a todos y que él tenía, además, que cuidar a sus amigos defensores. Que su área era la media luna, delante del líbero, que si los laterales subían debía quedarse pero en caso de acompañar una jugada, subir.

Para mis nueve años era toda una responsabilidad, un reto desconocido. Y más yo, siendo portero, aceptable, que además prefería hacer su trabajo en silencio, concentrado. Ya gritar «¡mía!» por obligación y ley era todo un dolor…

Enseguida cambié suéter y me puse la playera de campo -también con mi número 8- que estaba nítida, nueva y sin uso pues nunca había sido requerido en cancha. Me dejé el short negro con colchones a los costados y mis calcetas amarillas de toalla, pues no llevaba repuesto y Poncho se quedó con su short amarillo y calcetas blancas, las del uniforme, y mi número 8 de portero. Dos ochos, ¡qué barbaridad!

Y comenzó el partido. Pocas llegadas de Cementos Tolteca, el eterno rival. Tampoco nosotros hacíamos peligro. Más bien, el juego transcurría en robar balones, saques de banda fallidos, faltas e imprecisión en el último pase.

Como estóper me sentía cómodo. Hablaba, tocaba, mandaba pases largos y me barría seguido para evitar que siguiera el ataque enemigo.

Hasta que llegó el tiro de esquina aquél. Rafa, desde la banda, me gritó que corriera al rebote del córner. Acostumbrado a mantenerme en el manchón penal de nuestro lado en esas jugadas, me había quedado platicando con Poncho. Así que corrí. Y llegué a la media luna rival. Y vino el centro y el remate y el rebote y me cayó la pelota. Sin pensar mucho, decidí acomodarla al centro, un poco del lado derecho para pegarle con todo el empeine de zurda. Y salió perfecta, de tres dedos, al ángulo.

El golazo nos dio los tres puntos y nos permitió robarle el tercer lugar a los Tolteca. Era el último partido y hasta trofeo nos tocó. Dijo un amigo al día siguiente que habíamos salido en el periódico de la ciudad, que éramos encabezado de la sección deportiva, que hasta foto del gol había, que lo narraban como el mejor gol de la jornada. Que se veía la comba, el vuelo del portero, la frustración del defensa que no me tapó.

Yo que había cerrado los ojos al momento del zurdazo no podía creerlo. Me decían y se me enchinaba la piel. Me sonreía de pies a cabeza, me parecía todo tan irreal pero cierto al mismo tiempo. Claro, si fue un golazo. ¡El mejor! ¿O no? ¿O había sido un sueño? Sin repetición satelital ni highlights prefiero quedarme con el gol, con la nota y la foto publicada, cerrar los ojos y encontrarme ahí, chutando con mis shorts negros de colchoncitos a los costados, festejando con todos mis amigos el gol. Prefiero acordarme de aquél partido en que salí del arco, jugué como estóper y viví para contarlo.

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