El Mundial de Goyco

Tenía seis años de edad cuando escuché el nombre de Sergio Goycoechea por primera vez. En aquel entonces, 1990, su número 12 y su colorida sudadera Adidas para atajar iban día y noche conmigo en mis pensamientos. Era casi como un superhéroe para mí. Veía el Mundial de Italia, pero cuando llegaba el momento de verlo en acción, dispuesto a atajar un penal, el mundo se paralizaba. Sólo existían un balón, la portería y Goyco, el atajapenales.

Era una experiencia nueva. Se trataba de mi primer Mundial, como televidente claro está. Nací en 1984, llegué un poco tarde para ver en primera fila el Mundial de México ’86, así que fue Italia ’90 la primera Copa que seguí ya con un grado de conciencia considerable. Era yo un mozalbete zombie que no dormía por las madrugadas para seguir los partidos, mismos que esperaba que llegaran con la misma ilusión con la que aguardaba por los Reyes Magos. Más o menos era una sensación comparable.

Por supuesto que a esa edad y sin México en la contienda (poco entendía de los famosos cachirules, por lo que la ausencia del Tri poco importó), yo al equipo que me adherí como fan televisivo fue a la Selección albiceleste, Argentina, por una obvia razón, Diego Armando Maradona, catalogado en aquel momento como el mejor futbolista del mundo tras lo hecho a nivel de clubes y con el representativo nacional cuatro años antes.

En la espera de encontrarle los poderes mágicos a Maradona, mismos que llegaron a cuentagotas por la extrema violencia con la que fue tratado por los rivales durante la competencia, me encontré con un héroe anónimo, inesperado, pero a la vez cautivador, porque hacía del más débil (el portero en el duelo desde los 11 pasos con el delantero) el triunfador.

Goycoechea llegó a Italia como portero suplente de Nery Pumpido, quien se rompió tibia y peroné en el segundo partido, ante la Unión Soviética, para dejarle el arco a Goyco, cuyas palabras tras debutar en la Copa del Mundo fueron: “Me quedó una sensación agridulce, porque cumplí mi sueño de jugar un Mundial pero fue por la lesión de un compañero. La condición de arquero suplente es así».

Luego de esa noche ante los rusos Argentina no jugó bien y empató contra Rumania. Los octavos de final pusieron a Brasil como rival. El clásico sudamericano se definió con un golazo de Caniggia a pase filtrado de Diego. Goycoechea mantuvo el cero en su marco con mucha fortuna, ya que los brasileños llegaron y llegaron, pero no estuvieron finos en la definición.

Fue ante Yugoslavia, en cuartos de final, cuando comenzó a escribirse la leyenda. El partido era puro nervio. Empate sin goles en tiempo regular, lo mismo en el alargue. Definición de penales. Fallas de Argentina. Pedro Troglio y Maradona erraron sus disparos desde el manchón penal. En ese momento, Goycoechea se le plantó al Diego y le dijo: “quedate tranquilo, monstruo, que atajo los dos». Minutos después el futbolista número doce detuvo los disparos de Brnov y Hadzibegic. “Nos salvó a todos”, dijo el Diez.

Cuatro días después, en Nápoles, semifinal contra la favorita sentimental, la local Italia, que al minuto 17 se puso arriba con gol de Schilacci, otra figura inesperada de dicho Mundial. Caniggia lo empató al 67’ y penales otra vez. Baresi, Baggio y De Agostino vencieron a Goyco, pero el superhéroe volvió a volar con sus guantes como alas y una capa imaginaria para atajarle, primero a Donadoni y después a Serena, y pegar esa carrera inmortal de festejo en un sepulcral San Paolo.

Aquel fue mi primer gran festejo frente a un televisor. Mi primer ídolo de carne y hueso era Sergio Goycoechea, porque de Maradona sólo había escuchado hazañas, pero nunca las vi en vivo como las atajadas de Goyco. De repente, en el recreo de la primaria, varios queríamos ser porteros.

La final contra Alemania no fue lo que muchos deseábamos. Un penal la decidió, el héroe mostró que era humano y no le pudo atajar la pelota a Brehme. Quedó cerca, así como Argentina lo estuvo del bicampeonato mundial.

Después atajó como titular en dos ediciones de Copa América, la de 1991 y la de 1993, en la que salió campeón ante México. Seguí a la distancia su carrera, que nunca se mantuvo a la altura de lo que hizo en Italia, donde gestó su hazaña en unos cuantos días, fue efímera quizá, pero hasta la fecha cuando alguien menciona Italia 1990, lo primero que me viene a la cabeza y al corazón es su nombre, Sergio Goycoechea. Fue su Mundial.

«El festejo tras atajar el penal de Serena contra Italia en la semifinal es mi mejor recuerdo del Mundial ’90. Fue la representación más lúdica de lo que es este fútbol bendito: correr con un estadio enmudecido y escuchar sólo el grito de mis compañeros. Fue como haberle atajado un penal al Gordo Mario en una canchita de Lima, mi pueblo. Me llevó a eso, ¡aunque lo que se jugaba en Italia era mucho más importante!». Sergio Goycoechea.
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