Derrotas y oportunidades

«Después no puedes recordar mucho lo que sigue, porque no quieres… Sólo te acuerdas de que pronto te estás levantando y el árbitro te dice: ‘¿Estás bien?’ y tú le dices ‘Claro que estoy bien’ y él dice ‘¿Cómo te llamas?’. Y tú le dices «Patterson»».
(Floyd Patterson en el relato El Perdedor, de Gay Talese)

“¡Tengo problemas sexuales!”, exclamó en voz alta y en un tono de angustia indisimulable. Evidentemente esta complicación de su vida privada ya lo tenía atormentado y no reparó en que lo estaba diciendo en plena peatonal de Córdoba, ante la mirada sorprendida de decenas de transeúntes que no pudieron evitar escuchar la íntima confesión. Sus ojos estaban perdidos en un horizonte imaginario y el contexto de la calurosa tarde de verano le era indiferente. Osvaldo fue uno de los casuales espectadores de la confesión de este señor calvo. Pero Osvaldo Acosta tenía otros inconvenientes que le preocupaban, más que la vida sexual de esa persona. Su preocupación pasaba por el teléfono celular. Esperaba un llamado desde hacía varios días. Una llamada con característica de Buenos Aires.

Es una nueva oportunidad para Osvaldo. ¡Oportunidad, esa palabra que tantas veces escuchó con alegría, expectativa y hasta resignación!

Ya había tenido, hace tres años, una gran chance en San Lorenzo, pero tras seis meses comiendo banco de suplentes, rápidamente fue dejado en libertad de acción. Debió regresar a su pueblo, Santa Rosa de Calamuchita, donde jugó en Deportivo Italiano seis meses. La rompió. Y llegó una nueva oportunidad. Lo invitaron a probarse a Talleres. Pero no quedó. El club de sus amores le daba vuelta la cara. Herido en sus sentimientos, averiguó cuándo probaban en el predio de Belgrano, en Villa Esquiú. Era un martes a las 10. Nunca fue. Sentía que no podía. Nunca se arrepintió, aunque debió jugar otra temporada en la liga regional, esta vez con la camiseta del Nautico Rumipal. Otra vez Osvaldo la descoció. Nadie podía creer que en Talleres le hayan dado vuelta la cara y que en San Lorenzo no le hayan dado más oportunidades.

Hasta que vino un tipo con acento porteño que le prometió llevarlo a jugar a Chile. Al Rangers de Talca. Osvaldo se preparó como nunca. Todos en la zona lo veían entrenar sin cesar y descoserla en cada partido de la liga. Era un volante central con una visión del juego única. Nadie exageraba cuando lo comparaban con Redondo o Guardiola. Sus asistencias a los delanteros eran una marca registrada. Sí, no hay exageración: Osvaldo Acosta era un fenómeno. El supuesto “empresario” o “representante” que iba a llevar al Osvaldo a Chile llamaba todas las semanas. Le decía que se preparara, que ya estaba todo hablado. Pasó septiembre, octubre, noviembre, diciembre… Y nunca llegó el viaje y el “empresario” o “representante” no volvió a llamar.

Osvaldo se deprimió. Y lo consoló una chica del pueblo. La Miriam. Y Miriam quedó embarazada. A los nueve meses nació Alfonso. Durante ese tiempo Osvaldo jugó, nuevamente, en Deportivo Italiano, que le tiraba unos billetes por partidos. Además, trabajó en una obra de construcción sobre la calle Italia. Todos en el Valle recordaban que el Osvaldo era un excelente futbolista. Tal vez el mejor de la liga, pero, a la vez, era un mediocre albañil.

Todos en el pueblo aún recuerdan aquel día que desde San Lorenzo fueron exclusivamente a Santa Rosa a verlo jugar y él la dejó chiquita a la pelota, clavó un golazo de tiro libre con su exquisita zurda y dio una asistencia de taco. Fue una exhibición. ¡Cuántas palmadas que recibió! ¿Qué habrá pasado en San Lorenzo? ¿Por qué no le prestaron atención en Talleres? ¿y dónde quedó el “empresario” que lo iba a llevar a Rangers?

Nunca puso excusas. Aunque sí, algunas dudas. Sucedía por las mañanas, como la de esta mañana.

Esta mañana se sentó sobre la cama. Quiso mirar por la ventana y el reflejo del sol le provocaba ardor en sus ojos llorosos. Tristeza, decepción, frustración… Una gran pena lo invadía y se sentía impotente. No quería más esta realidad y luchaba cada mañana con expectativas para vencer; pero la realidad era la realidad.

Un tango con la voz de Julio Sosa se escuchaba desde el aparato de radio. Una mañana con tango, una pintura de su amanecer. La pared celeste no podía ocultar algunas grietas que la humedad habían provocado. Se quedó sentado durante varios minutos sobre la cama desordenada. Repasó imágenes una y otra vez por su cabeza. Una ametralladora de recuerdos inmundos e ingratos. De pronto el tango concluyó. Un mutismo abrumador inundó la pequeña habitación. Cerró los ojos. Se paró, y exclamó: “Volveré a cantar esta canción. No sé cuántas veces, pero algún día, espero que en un no muy lejano tiempo, pueda agradecer tus bendiciones”. Se lavó la cara y enfrentó el soleado día de octubre.

Osvaldo está pronto a cumplir 19 años. Su hijo Alfonso todavía no le dice “papá”. Miriam ya no es la chica simpática que lo consoló. La tierra prometida del fútbol está tan lejana como la inocencia de su niñez. Sin embargo, Osvaldo camina por la peatonal cordobesa… después de comprar unos botines nuevos debe ir a tramitar unos documentos, ya que, ahora, espera un llamado desde Buenos Aires. Una empresa de electrodomésticos importante le ha prometido trabajo y casa. Otra promesa, otra oportunidad…

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