La calle, una cancha invisible

«Es duro ser niña de la calle porque no tienes dónde dormir, qué comer, y la sociedad no nos ve. Somos invisibles».

Valentina, jugadora de la selección nicaragüense de niñas de la calle.

El ataúd es cargado por un puñado de niños. Sus cuerpos delgados y pequeños soportan el recorrido hacia el servicio funerario, aún con el enorme dolor que les pesa en el alma. Ha muerto su capitán, su líder en la cancha, su jugador estrella; tres disparos perpetrados por narcotraficantes acabaron con su vida.

Rodrigo Kelton tenía 14 años. Creció sin hogar, sin familia. La calle fue su casa, el hambre su cobija. Atrapado por las drogas, se convirtió en adicto hasta que se miró frente a un espejo descubriendo que tenía dos piernas. Hizo uso de ellas para correr hacia las pequeñas canchas de Fortaleza, Brasil. Allí encontró otros niños que trataban con magia y dulzura el balón. Sonreían al hacer una gambeta, intentaban dribles una y otra vez, tiraban con entusiasmo hacia las porterías de postes oxidados. Rodrigo fue invitado para integrarse al juego del que se enamoró de inmediato.

Desde ese momento dijo adiós a las drogas. Su sueño era ser futbolista profesional, y se empeñó en su propósito. Poseía una herramienta especial, una que suelen poseer un gran número de infantes brasileños, talento. Sus cualidades para repartir y mover la pelota, en cualquiera que fuera el espacio de un partido, fueron reconocidas y admiradas por compañeros y rivales.

Aunado a su objetivo en las canchas, Rodrigo aceptó ir al colegio bajo un programa de rehabilitación y reintegración social. Quería estudiar por si acaso no pudiera trascender en el fútbol. Compaginó sus dos andares, destacándose principalmente en el balompié. Su estilo lo llevó a formar parte de la selección nacional brasileña de niños de la calle, de la que sería capitán.

Previo al inicio de la Street Child World Cup, el Mundial de los niños de la calle, mes y medio antes de la inauguración, Rodrigo motivó a sus compañeros diciéndoles que ganarían la Copa, que el certamen en Río de Janeiro lo iban a ganar. Le ilusionaba la idea de que podrían estar presentes visores de clubes profesionales, la idea de que alguien se le acercara para ofrecerle la oportunidad de probarse con los grandes. Pero el crimen no le perdonó que se rehabilitara, que reinventara su vida sin necesidad de las drogas.

Los chicos que cargan el féretro de Rodrigo han dejado de sonreír. Les arrancaron a su capitán, a su hermano de circunstancias, a la alegría del fútbol. El asesinato de Kelton representa un duro golpe anímico que repercutirá en el Mundial. No les interesará una Copa, ni siquiera llegarán a la final; Tanzania será el campeón venciendo 3-1 a Burundi.

Sin embargo, un grupo de niñas adopta el deceso de Rodrigo como su aliciente para recordarlo, para demostrar que el fútbol femenil existe, para enseñar que chicos y chicas de la calle también forman parte de una sociedad. La selección brasileña de niñas de la calle ganará el Mundial de su categoría derrotando 1-0 a Filipinas.

«Una de las chicas brasileñas traficaba droga proveniente de Paraguay, y hoy dice que el fútbol la aleja de sus problemas. El criterio de los países para seleccionar a sus jugadores no es sólo su habilidad futbolística sino que los niños y niñas son escogidos por su capacidad de haber superado años de vida en las calles. La idea es que puedan servir de inspiración para otros menores», señalará una crónica del diario uruguayo El Observador.

Mientras tanto, los compañeros de Rodrigo depositan el ataúd al interior de la funeraria. No quieren despedirse de él, se niegan a hacerlo. Se cuestionan por qué a ellos, que ya mucho han perdido a su corta edad.

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