El gusto de una última jugada

Disfruto verlo y escucharlo así. Ha recibido la vejez con una alegría inusitada, dispuesto a gozarla al máximo. Se emociona planeando aventuras, diseñando travesuras. Juega, se entretiene rompiendo sus propios esquemas. Fluye en el día a día sin preocuparse por el futuro. Uno de los momentos más gratos para él ocurre cada viernes durante tres o cinco horas, cuando nos reunimos para estar los dos juntos y platicar sobre diversos temas, especialmente de fútbol. Así no aburrimos a mamá, ni le echamos a perder el instante familiar.

Con más de 60 años a cuestas, mi padre guarda en su largo recorrido de vida historias y anécdotas, propias y ajenas, que desea contar. Cada semana es una distinta y la construye a partir de sus recuerdos mezclados con informaciones que recopila en libros, periódicos y revistas. Cuando no es sobre un jugador es sobre un partido, cuando no es sobre sus andanzas es sobre las experiencias de sus amigos. Sabe que me fascinan las historias y procura sorprenderme; lo logra. Para ello recurre a exagerar los hechos, a cambiar los tonos de voz, a hacer gestos, a imitar cronistas como Ángel Fernández o Fernando Marcos. Si algo tiene el viejo es que es un gran conversador.

Ya se cansa de ver partidos por televisión. Le aturden las transmisiones actuales, le fastidia el fútbol que practican algunos equipos, le enoja tanta mercadotecnia. Lo comprendo, sus épocas fueron otras. Su concepción sobre el juego se basó en encuentros interminables disputados en un campo rodeado de milpas, en la magia de imaginar pegado a un radio, en el deleite de haber visto en el Azteca a la Selección brasileña del ’70. Por eso es que prefiere reinventar su pasión a través de las charlas.

Ahora, a diferencia de las ocasiones anteriores, noto preocupación en su rostro. Luce apagado aunque trata de disimularlo. Por más que trató de ocultarlo abordando su deleite por Carlos Alberto, brasileño que lo dejó impresionado en México ’70, me percato de ello. Fiel a su estilo comienza a detallar los pormenores de un partido que habrá de jugar y no llegará a contar. Su angustia no era por la noticia en sí, sino por saber cómo iba a reaccionar yo. “No sé cuánto más permanezca en este mundo, pero hagamos un trato”.

(Y cumpliremos el trato. Caminaremos abrazados construyendo una historia plagada de travesuras, aventuras, anécdotas. Le sacaremos provecho a cada jugada, a cada pase, a cada metro recorrido. Mi gran compañero en la cancha dirá adiós, pero lo hará sin tristezas de por medio; su último grito de gol será un homenaje a la vida. Se despedirá sintiéndose un niño gustoso de patear un balón sonriéndose a sí mismo, sonriéndole a su entorno, sonriéndole a los dioses de un estadio celestial en señal de gratitud).

El puntapié inicial del trato lo da él. “¡Qué pase le puso Pelé a Carlos Alberto! ¡Qué definición!”, grita como todo un apasionado y su voz grave retumba en el café. Los comensales que nos rodean no se incomodan, por el contrario, se ríen. Hacemos lo propio. Arrancamos bien el partido.

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