El Águila que nos hizo volar

Te divertiste tanto como divertiste a los demás. Nos engañaste a todos con tu físico y te encargaste de recordarnos en todo momento que el fútbol le pertenece a los futbolistas y no a los atletas. Lograste jugar con las emociones de una fanaticada que pasó del odio al amor por ti, cual Don Juan de barrio. Le enseñaste al burgués que la clase no se compra en una academia. Lo tuyo fue siempre natural. Genuina forma de tratar a tú mejor amigo, el balón.

Desparramaste irreverencia desde el día en el que Leo Beenhakker te consolidó en Primera División porque nunca te gustaron los modos y las formas. Fuiste un rebelde de la picardía, escultor de gambetas, ingeniero constructor de túneles que sólo tú podías advertir en el tránsito siempre pesado del medio campo y la zona defensiva rival. Velociraptor mental, impredecible, dominador absoluto de la ira de los demás. Hipersensible de ambas piernas.

Amo del balón parado, sutil dueño de la primera intención, elegante albañil de paredes, cañón de centros teledirigidos a la cabeza de tus ejes de ataque. Revitalizaste la figura del 10 en un país escaso de talentos con una inteligencia sobredotada. Tu habitat fue el centro del campo, zona en la que hacías lo que querías con tus ilusos marcadores, pero tu objetivo era siempre ir de excursión al área rival, donde diseñaste goles con tu imaginación que dibujaste con tu encorvado cuerpo.

Eres el Ave Fénix que regresa a Primera cuando muchos creían que lo tuyo en el Ascenso eran cenizas de tu magia. Inagotable es tu fuente de energía cuando el aroma del césped invade tus fosas nasales. Olor que penetra y activa el ADN de potrero que te acompañará hasta la tumba. Guerrero inquebrantable capaz de levantarse a fracturas de cárcel y faltas de respeto inconmensurables como la que La Volpe cometió contigo en forma de venganza.

Tu destino estaba trazado desde que naciste, era cuestión de que pisaras una cancha para que las alas del desparpajo elevaran su vuelo con tus particulares maneras de domar a tus compañeros y rivales con goles, asistencias, provocaciones, insultos y un colmillo tan retorcido como tu joroba.

No fuiste hijo de Ahuízotl, ni de la princesa chontal Cuauyautitlali, pero no es casualidad que tus padres te hayan bautizado con ese nombre, de origen náhuatl, cuyo significado es el águila que desciende, aunque tú, por el contrario, fuiste el águila que nos hizo volar con el penacho bien parado, como el emperador del imperio Azteca, estadio que hiciste tu segunda casa y que hoy se rinde a tus pies.

Cuauhtémoc, el último ídolo.

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