La Copa del Mundo en el Metro

Bien dicen que cuando se trata de una Copa del Mundo, el fútbol se respira en todas partes. La fiebre mundialista se propaga con rapidez para invadir cualquier sitio que cuente con una rendija, con un espacio por muy pequeño que sea. Y el Metro del Distrito Federal no podía ser la excepción.

A pocos días de que arranque el certamen, la estación Salto del Agua, correspondiente a las Líneas 1 y 8 del Sistema de Transporte Colectivo, exhibe una muestra fotográfica con imágenes de los Mundiales del ’70 y ’86, así como el logo de Brasil 2014. En el mundo subterráneo de ires y venires de millones de capitalinos, las historias ligadas al balón también hacen escala.

Eso es el fútbol

Trabajadores encargados de montar la exhibición lucen cansados detrás de las vitrinas. Afuera, en los pasillos del transbordo entre una línea y otra, un niño jala emocionado a su mamá para decirle que son fotos de futbolistas y dibujos de mascotas que desconoce. La señora quisiera contarle quiénes son, pero no tiene idea. Un hombre, que observa junto a ellos las imágenes, le explica al chamaco que “el chile sombrerudo es Pique, mascota del Mundial de 1986 que se hizo en México”.

-¿Hubo un Mundial en México?

-Ya hubo dos. El otro fue en 1970.

El niño sigue preguntando y el señor respondiendo. Mirando a su hijo con ternura, la señora se mantiene tranquila porque le parece formidable que un extraño tenga la paciencia del mundo para contestar a los cuestionamientos de un infante inquieto por saber más de un deporte que le gusta.

-Mi hijo es fan de Oribe Peralta, es su ídolo.

-¡Qué bien! Mira, ellos dos fueron mis ídolos cuando tenía tu edad.

Le señala una foto de la Selección mexicana del ’86, apuntando con su dedo índice a Manuel Negrete, autor de uno de los goles “más hermosos que nos ha regalado el fútbol”. Posteriormente señala a Diego Armando Maradona, quien carga y besa la Copa del Mundo conquistada en 1986.

-¿Y era bueno Maradona?

-Era un genio.

-¿Mejor que Oribe?

-No, no tanto.

Agradeciendo su tiempo, la señora y su hijo se despiden del hombre. El chamaco se va feliz porque aprendió algo nuevo y porque escuchó lo que quería escuchar; su mamá corresponde con un mudo “gracias”.

Me acerco al hombre para preguntarle por qué le dijo al chamaco que Maradona no era mejor que Peralta. Coloca su mano izquierda en mi hombro, sintiéndose en confianza, me mira a la cara y con una voz que suelen compartir los apasionados me responde: “Tú y yo fuimos niños, teníamos nuestros ídolos. Eran sagrados para nosotros, intocables. ¿Sabes por qué? Porque era lo que nos mantenía con una ilusión, con las ganas de verlos y saber que, así no fueran los mejores, allí estaban para nosotros. Esperábamos que nos demostraran que eran los mejores, y no los peores. Si llegaban a fallar, no importaba, esperaríamos a la siguiente oportunidad. ¿Quiénes somos tú y yo para destruirle su ilusión a un chico que apenas comienza en su gusto por el fútbol? Viste a su mamá, estaba contenta por ver a su hijo contento. Y creo, en mi humilde opinión, que eso también es el fútbol”.

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