Lo más importante de lo menos importante

A mi banda antifutbolera:

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Todo buen futbolero debe contar con un amigo antifutbolero. Aquellos que no gustan del juego son necesarios, fundamentales en la pasión de todo devoto al balón. Independientemente de los debates y discusiones que puedan generarse como consecuencia de argumentar y defender sus respectivas posturas, el antifutbolero suele ser un equilibrio para el futbolero.

Con el derecho a expresar su rechazo al fútbol, el antifutbolero tiende a citar problemas que aquejan a ambos en la realidad de su día a día: violencia, crisis económicas, conflictos sociales, desempleo, entre otros. Se encarga de recordar el mundo en el que vivimos, al que no se debe olvidar. De acuerdo a lo que narra Jorge Valdano en su libro Los 11 poderes del líder, Carlos Salvador Bilardo, técnico campeón en México ’86, despertó a sus jugadores durante la madrugada, los trepó a un autobús y los llevó a plantarse afuera de una estación del subterráneo (transporte colectivo). ¿Con qué fin? Para que observaran a la gente que se levantaba temprano para ir a trabajar sin quejarse de nada, gente que disfrutaba del fútbol pero no dejaba de atender sus prioridades. Si a esa gente se le puede dar alegría a través de un balón, adelante. Y si no, tener muy presente que esa gente continuará su trajín cotidiano con el propósito de contribuir con una familia, con una empresa, con un oficio, con su entorno, a sabiendas de que forman parte de una sociedad con problemas que afectan su calidad de vida.

El antifutbolero también funge como parámetro para comprobar y sustentar las emociones del futbolero. En lugar de enojarse con él, hay que agradecerle el hecho de que permita la confrontación con uno mismo para reafirmar ilusión y pasión por un deporte que generalmente nos liga a la infancia, etapa donde lo adoptamos. Concede la reflexión para saber el grado de deleite por un esférico, una playera, un gol. Brinda la oportunidad de sentir si permanece intacta la emoción, o no.

Una de las virtudes que posee el antifutbolero recae en su incorruptible e insobornable convicción. Es fiel, leal a su postura. Y no se le debe obligar a cambiar de parecer. En su honestidad consigo mismo anida un aprendizaje moral. El futbolero también lo es en su sana pasión.

Acabado un partido el equipo puede salir triunfador o perdedor, pero el amigo antifutbolero allí seguirá. El fútbol es un maravilloso pretexto para enaltecer la dicha de lo que significa la amistad, así como para procurar una pasión sin desatender lo primordial.

Llegó el momento de la Copa del Mundo en Brasil, lo más importante de lo menos importante: el fútbol.

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