Con la misma piedra

Se acabó el Mundial para México y con él hemos vuelto a la triste realidad de nuestro deporte, la de ley, la que al menos siempre he conocido, por eso no me extraña, pero me duele.

Un país se paralizó durante 17 días con la actuación de una Selección que dejó en alto el orgullo y la dignidad del futbolista mexicano, más no la de nuestro fútbol; esa es otra historia, esa sigue podrida.

El Tri se despidió de Brasil con una derrota dolorosa, de esas que nunca se nos olvidarán, cuando ya muchos festejaban y hasta adelantaban en sus muros de Facebook que por fin la Selección llegaba al quinto partido. Ojo, el fútbol no se acaba hasta que se acaba. Todo se fue a la basura en cuestión de cinco minutos, para acabarla de amolar fueron los últimos del partido para la tragicomedia mexicana protagonizada por 11 futbolistas y un comandante en jefe, el famoso Piojo.

Hablar de los errores de Miguel Herrera al realizar cambios que no ayudaron, o del famoso penal de Robben, o que si se cansaron por el clima, está por demás, la realidad es que México perdió a lo México, y mientras nuestro fútbol no modifique su competencia interna, sus intereses económicos y sobre todo el accionar de los directivos y dueños de equipos, las cosas no van a cambiar. Seguiremos jugando como nunca y perdiendo como siempre.

A Miguel Herrera le aplaudo todo, hasta que se equivoque tácticamente, porque eso es parte del juego. Lo único que le reprocho es su enfermiza manera de no reconocer cuando se equivoca y echarle la culpa de todas sus derrotas a los árbitros. La autocrítica sería una buena terapia para el DT mexicano, y es que así como se transforma festejando goles en la zona técnica, se transforma en un mal perdedor cuando su equipo no logra el éxito. Al final se encendió contra Van Persie por un supuesto empujón del holandés y por poco hace un show que hubiese sido muy lamentable para su persona y para la imagen que dejó, sobre todo él, en esta Copa y la del equipo mexicano en general.

Con la misma piedra...

De la actuación del Tri me quedo con sensaciones tan encontradas, tan opuestas, que no sé si estamos a nada de ser una potencia o cada vez nos adaptamos más a la mediocridad de la zona eliminatoria que nos toca por concepto geográfico.

Vaya, la Selección no fue el reflejo de su terrible nivel en la eliminatoria mundialista. Tampoco fue el reflejo del paupérrimo nivel de su liga local, que por más que sus directivos nos vendan como un producto de calidad, la realidad es que promueve la mediocridad en toda la extensión de la palabra.

Por el contrario, la Selección demostró que el futbolista mexicano tiene carácter, personalidad y hasta buen fútbol, y digo “hasta” porque antes de arrancar la Copa no se veía cómo pudiesen, no digan ganar, sino competir contra los tres rivales de grupo.

El futbolista mexicano se crece, ya lo sabemos, se inspira, sueña y siente como cualquiera de nosotros, sus aficionados, pero también es cierto que a la hora de la verdad se hace pequeñito, nos transmiten sus miedos y todo se vuelve un drama, y contra Holanda tropezó de nuevo con la misma e histórica piedra, esa que siempre está, dirían muchos, en el camino de los mexicanos, aunque también cabe la posibilidad de que sea un accesorio patentado por los nuestros siempre que asistimos a una Copa del Mundo, a unos Juegos Olímpicos o a cualquier otra disciplina que implique un redoble de valores competitivos, máxime en disciplinas de conjunto.

Para concluir, solo me resta decir que el Mundial ha finalizado para aquellos villamelones que no les interesa el Mundial y que sólo se dejan llevar por el furor del Tricolor, incluida la fiesta, la pachanga, el desorden, el festejo, la felicidad pasajera tras 90 minutos de gloria. Para ellos ya acabó; para los aficionados al fútbol, la fiesta sigue, la pasión se agudiza y la emoción perdura con las siguientes rondas de la Copa.

Salud pues…

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