La camiseta de cada ocho días

Gane o pierda el equipo, él es el más feliz del mundo. Sabe que al término de cada partido podrá ir al restaurante que le gusta para comer los molletes y la malteada de chocolate que tanto le fascinan. El resultado le da lo mismo pues cada ocho días se ve premiado, y eso que él no juega. Tampoco es que le interese mucho disfrutar de los alimentos mencionados. Sí, le encantan, pero hay algo más.

Desde hace dos años acude como aficionado número uno al deportivo del sindicato para ver en acción a su papá. Más que un hijo ilusionado por presenciar a su padre anotando un gol es un pequeño apasionado de la camiseta que defiende todo un conjunto de hombres, un equipo. Y es que su progenitor le ha inculcado que en la cancha hay once tipos en cada bando que son compañeros, que luchan y se esfuerzan por una misma causa.

Le agrada observar al grupo reunido antes y después de cada partido porque ello le reafirma con hechos lo que le han enseñado, mayor aún cuando su padre, que no es el capitán, toma la palabra para dirigirse al resto. Se entusiasma sabiendo que se marchan entre abrazos, prometiéndose que en el próximo juego volverán a dar lo mejor de sí mismos. Sin embargo, se llena de más alegría cuando sube al carro y emprende camino en compañía de su padre hacia el restaurante.

-¿Cómo nos viste hoy, hijo?

-Papá, creo que en la que intentaste rematar de cabeza era mejor bajar el balón y pasárselo a Miguel, que estaba solo.

-Sí, era lo mejor.

-Bueno, Miguel también se equivocó cuando quiso mandar un centro en vez de tocarle a Juan, que no tenía marca encima.

La charla entre ellos comienza sobre ruedas y se extiende hacia la mesa del restaurante. Es una costumbre que ambos tienen, la charla habitual de cada sábado, o domingo, que da pauta para una convivencia fracturada años atrás cuando papá y mamá se separaron. Han querido darse una nueva oportunidad pero quieren ir paso a paso.

-¿Cómo estuvo el juego?

-Muy bien, mamá. ¡Ganaron! La regaron en unas cuantas cosas, pero seguro no vuelve a pasar.

-Ah sí, ¿cómo cuáles?

Mientras Juan Carlos relata y desglosa los pormenores del partido a mamá, ésta clava una mirada de gratitud hacia el padre, quien le responde otorgándole los ojos de un hombre arrepentido y dispuesto a enmendar su error, a empezar de cero.

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