Boleto falsificado

Habían desaparecido los boletos con escudos o jugadores impresos para dar vida a unos simplones que solamente detallaban los datos del partido. La novedad no fue obstáculo para los revendedores, quienes de inmediato supieron falsificarlos, aunque con algunos pequeños errores. El plus de su ilegalidad, si se le puede llamar plus, era el bajo costo en que los ofertaban. Mientras que en taquilla y tienda de discos conocida los vendían a 80 pesos, en la reventa tenían un precio de 30, corriendo el riesgo de que en las puertas de acceso del estadio Azteca detectaran su perfil pirata.

El bautizo

Llegamos tarde al partido. Habían transcurrido cinco minutos de iniciado cuando nosotros apenas pisábamos la explanada colindante con Calzada de Tlalpan. Era la primera vez que el sobrino de un amigo acudía a un estadio; a sus seis años de edad estaba convertido en un manojo de emoción y alegría, se moría de ganas por entrar lo más rápido posible al inmueble.

Al ver la larga fila en la taquilla, presionados por la euforia infantil del pequeño debutante de los templos futbolísticos, recurrimos a comprar su boleto en reventa. Nosotros los grandotes ya teníamos nuestra entrada, pero de última hora el pequeño se atravesó en los planes, así que optamos por la solución más desesperada.

Lo pagamos y nos dirigimos a los accesos. Frente a las narices del inspector que verifica la autenticidad de los boletos, comprobamos que la entrada del chamaco, a diferencia del resto, carecía de letras, números y leyenda plateada de la empresa que los vendía. Vaya, era más chueco que un árbol torcido.

Sudamos frío. Entre alegatos y súplicas le pedimos al inspector que no fuera mala persona, que perdonara la chapuza. Le explicamos, con base en una serie de mentiras, que el niño era un pariente lejano que venía desde muy lejos para presenciar por vez primera un partido de futbol en un estadio, que estaba atravesando una crisis severa por el divorcio de sus padres, entre otros teatros.

Con una mirada matona el inspector accedió, no sin antes regañarnos por inculcar esas mañas a los menores, aunado a un sermón paternal sobre lo que no se debe hacer en la vida. Pese a su jalón de orejas, nos echó la mano para pasar el segundo filtro (acceso) para ingresar a las rampas.

Total, aquel día fue el más feliz para el sobrino de mi amigo, quien a partir de entonces forjó una pasión por el equipo de sus amores y la mantiene vigente. A la fecha no olvida su primera vez en un estadio, nosotros menos, como tampoco el episodio del primer boleto que tuvo en sus manos. “Siempre le agradeceré al inspector su buena onda, ¡un gran hombre!”, expresa con una voz traviesa que alumbra una frase del Negro Fontanarrosa: “El fútbol que vale es el que queda en el recuerdo”.

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