La increíble historia de un amigo

¿Recuerdan el partido amistoso de 1993 entre México y Alemania disputado en el estadio Azteca?

La visita de los campeones del mundo en aquel entonces significó un evento total para los mexicanos que estábamos agrandados con nuestra maravillosa Selección nacional, la cual prometía una actuación histórica en el Mundial que se celebraría en Estados Unidos al año siguiente.

Ese 22 de diciembre de 1993 el Azteca colmó sus tribunas y vivió una fiesta inolvidable con algunos de los mejores futbolistas del mundo y, en aquel entonces, los mejores mexicanos de muchos años, que con gallardía enfrentaron a una potencia digna de toda admiración.

Todavía recuerdo la odisea que pasamos muchos de los asistentes para conseguir los ansiados boletos. Horas y horas formados en las taquillas del estadio y, cuando estábamos a pocos pasos de la gloria, “¡se agotaron los boletos!” gritaba el despachador. Los silbidos y mentadas de madre no se hicieron esperar, pero era un hecho que eso no nos daría la entrada al histórico partido. Había que moverse por todos lados para conseguirlo, yendo incluso a exigirlos al viejo edifico de la Federación Mexicana, entonces ubicado en las calles de Abraham González, y hasta recurrir a la odiada, amada y necesaria reventa. Ni hablar, para ver el México-Alemania había que agotar todas las posibilidades.

Así, mientras unos pasábamos las de Caín para obtener el ansiado papelito, otros contaban con ciertas facilidades. Algunos individuos eran conocidos de ciertas personas que tenían palco, por ejemplo, o no faltaba el típico villamelón que sin interesarle el partido se ganaba en el trabajo un par de boletos que algunas empresas ponían en rifa con sus empleados. Había de todo.

Un gran amigo mío estaba en esa posición y comentaba con orgullo cómo había conseguido su pase al palco de la empresa, sin hacer largas filas y pagando una cantidad nada exagerada. Él estaría ahí con todo lujo: chelas, tequila, ron, whisky, botanas y, además, sin hacer largas filas para ir al baño. ¡Suertudote el señor!

En fin, entre apuros y gastos excesivos, otros conseguimos nuestros boletos y asistimos con emoción y morbo a las tribunas del Coloso de Santa Úrsula, que obvio, era un volcán en erupción. El himno se cantó a todo pulmón y los óles cada que el Tri tocaba el balón fueron estruendosos. ¡Alemania no pudo con los verdes! Al final esa fue la nota, pero el empate a ceros no dejó muy contentos a los que sí tuvimos la gracia de presenciar en vivo el duelo.

Semanas después volví a ver a mi amigo, ese mismo que obtuvo sus pases al palco sin formarse y sin pagar de más. Al verlo, obvio, lancé la pregunta obligada: “¿cómo viste el partido? ¿dónde te tocó sentarte?”. Su mirada de inmediato acusó cierta timidez y su sonrisa me hizo pensar que algo andaba mal. Soltó la carcajada y me confesó que no pudo ir. La razón: ¡se equivocó de fecha! Él asistió ¡con todo y hielera!, sin embargo, mi amigo, del que no voy a pronunciar su nombre por puro respeto, se llevó la sorpresa de su vida al darse cuenta que el partido no era ese día sino a la semana siguiente, misma en que salió de viaje por causas de su fascinante chamba.

Aquella tarde del miércoles 15 de diciembre las rejas del estadio Azteca estaban cerradas, no había un alma en la explanada, ni revendedores siquiera; no había gritos, ni porras, ni palco, ni nada. El Azteca reservaba así los manteles largos para el día 22, fecha en que México y Alemania se midieron en Santa Úrsula.

Su consuelo: el insípido empate a ceros y “un partido horrible” desde su humilde punto de vista.

¿Existirá en el mundo persona más distraída?

Así jugaron

México: Jorge Campos; Juan de Dios Ramírez Perales, Ignacio Ambriz, Ramón Ramírez, Marcelino Bernal; Joaquín del Olmo, García Aspe, Jorge Rodríguez, David Patiño; Luis García y Zague.
Entraron de cambio: Miguel Herrera, Benjamín Galindo y Lupillo Castañeda.

Alemania: Bodo Illgner; Jürgen Kohler, Michael Schulz, Lothar Matthäus, Matthias Sammer; Christian Ziege, Maurizio Gaudino, Thomas Strunz, Stefan Effenberg; Andreas Möller, Jürgen Klinsmann.
Entraron de cambio: Thomas Hassler, Stefan Kuntz, Ulf Kirsten, Dieter Eilts.

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