Un futbolito

Padres e hijo salen juntos del edificio para tirar un futbolito al contenedor de basura, un acto simbólico para los tres. Llevan a cabo la transición de una etapa a otra: el paso de la infancia a la adolescencia. Despidiéndose del juguete que causó el cambio, la familia le da la bienvenida a un nuevo ciclo.

Cuatro chicos vestidos de pants son puntuales y llegan por su compañero, quien por primera vez jugará fútbol con un equipo (con sus cuates) en una cancha (de Fut7 en este caso), quien por primera vez efectuará una actividad a solas, es decir sin que lo lleve o recoja alguno de sus papás.

Viejos conocidos

Somos vecinos, hasta ahí. Jamás fuimos amigos, si acaso conocidos porque vivíamos en la misma unidad y porque coincidíamos como rivales en las antiguas, hoy extintas, canchas llaneras y de fútbol rápido del barrio. Después de muchos años sin toparnos, nos reconocemos y saludamos.
-¿Sigues viviendo aquí?
-Voy y vengo. ¿Tú?
-Sí. Mi jefa murió y me dejó el departamento. Me casé y tengo un hijo que acaba de cumplir 13 años. Te vi desde el otro día, me acordé de que eras bravucón y soltabas patadas.
-Ja, eso es cosa del pasado.
-¿Sigues jugando?
-Ya no, ¿tú?
-Tampoco. ¿Tienes hijos?
-No.
-Es difícil. El mío está en una edad insoportable, me cuesta hablar con él.

Nos sentamos en las escalones de acceso a su edificio. Los recuerdos del fútbol que nos tocó, así como la situación con su hijo, adoptan mi tiempo.

La transición

Ya no es un niño. Bueno, eso dice y manifiesta él. La voz dejó de ser aguda para adquirir un tono grave. Su estatura ya no es de una pulga, sino la de un par de zancos. Su rostro asoma un tímido bigote rodeado de granos. Exige que su nombre ya no se pronuncie en diminutivo.

Sus inquietudes son otras. Atrás dejó el gusto de ver películas animadas y caricaturas porque prefiere series de carne y hueso como Arrow. Jugar con muñecos de superhéroes se convirtió en una rutina aburrida, deleznable, ¿qué va a decir la chica que le roba el sueño en la secundaria?

Ya está harto de que mamá lo lleve y vaya por él a cualquier lugar, le avergüenza que sus amigos y compañeros lo vean como un niño mimado, consentido. Está cansado de que su papá siga sin entender que los juguetes ya pasaron de moda en su mundo.

-Hijo, ¿jugamos al futbolito?
-¡Noooo! Esa caja es un asco, una porquería vieja sin chiste.
-Pero a ti te gusta el fútbol.
-Sí, me gusta mucho. Papá, ¿por qué no puedo hacer lo que otros?
-¿Qué hacen otros?
-Lo juegan en canchas, van solos y usan sus playeras. Ustedes me compran playeras, tenis, balones, ¿y para qué? Solamente puedo usarlas en la casa. Tú mismo me cuentas de cuando jugabas con tus amigos, de las broncas que se armaban, de cómo te regañaba mi abuela cuando te raspabas las rodillas. ¿Se te hace justo que yo no pueda vivir algo así? Entiende, ¡ya no soy un niño!

Su padre atestigua el instante en que azota el futbolito contra el piso, además de sacar sus playeras del clóset para aventarlas con coraje a la cama. Aguantándose las ganas de llorar por el enojo que lo aprisiona, el chico prefiere encerrarse en el baño. Asustada, la madre, que ha escuchado todo, mira al padre y abre los labios para decir con resignación: “Ya creció”.

Respetuosos de la furia de su hijo, los dos padres dejan que se tranquilice sin regaños ni gritos. La sacudida también es para ellos.

-¿Tú qué harías en mi lugar?
-No sé. El padre eres tú.
-Me dolió cuando azotó el futbolito. ¿Sabes por qué? Porque tiene razón. Tiene que hacer y disfrutar lo que hacen los chavos de su edad.
-Creo que ya te respondiste.

Cambiamos de tema cuando él se remonta a una discusión que estuvo a punto de ser una campal. Fue en un partido intrascendente, en una cáscara. No obstante, las cáscaras eran un resquicio para desbordar las pasiones sin autoridad de por medio, por consecuencia los ánimos sin control.

-Te pusiste bien loco a insultarme y a amenazarme con que me ibas a partir la madre. ¿Por qué no lo hiciste?
-Por idiota. Me calenté más de ver que uno de los nuestros se echó a correr y fui a perseguirlo. Tú tampoco me quisiste madrear.
-Jajajajaja, pues no. Eras más chico que yo, te veías bien pendejo.
-Jajajajajajaja.

Un mundo nuevo

El chico regresa a casa con una experiencia inigualable en su andar. Es un cúmulo de emociones en el comienzo de su nuevo proceso; dolido por haber perdido en su primer partido, contento por haber ido y regresado solo, por haberse integrado a un grupo que es algo más que un equipo, por un grupo que puede ser punta de lanza para forjar lo que se conoce como amistad. Para sus padres también es algo novedoso. Charlan con su retoño sobre las derrotas y las victorias, sobre aprender a ganar y perder, sobre el esfuerzo.

Mientras siguen fascinados escuchando cómo se siente y qué piensa sobre lo vivido, un chismoso que acudió a la cancha para ver jugar al chico irrumpe al padre mediante un mensaje vía Whatsapp: “Tu hijo tiene toque, igual que su papá. Le pega bien el chavo”.

A la mañana siguiente el padre pedirá a su hijo que saque uno de los balones que tiene guardados debajo de la cama. Sugerirá a su esposa que se ponga ropa cómoda porque irán a dar un paseo especial en Ciudad Universitaria. El chico se sorprenderá de ver el toque que tiene su padre, un talento para pegarle a la pelota que había escondido desde que se casó. La mamá convivirá con ellos agradeciendo el descubrimiento de algo nuevo en su marido, agradeciendo por formar parte de un gozo que va más allá de un lindo juego.

Bienvenida la infancia

El encargado de separar la basura en la unidad coge el futbolito para analizar si tiene posibilidades de reparación. Con un metro mide los bordes de la caja, anota sus observaciones en el pensamiento. Valora cómo rescatarlo y pulirlo para darle una sorpresa al pequeño de seis años que lo espera en casa.

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1 comentario

  1. Maxchiva lunes 5, enero 2015 at 21:04

    Muy buena historia, las edades del ser humano marcadas por el fútbol. Gracias por este relato. Saludos.

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