Franjas añoranzas

De paso fugaz por México con la camiseta de La Franja, Carlos Andrés Sánchez (Montevideo, 1984), hoy figura de River, es añorado en Puebla.

¿Qué sería de River Plate y que sería del Puebla?

¿Qué hubiera pasado si se quedabas con la Franja Azul?

¿Qué sería, si Jesús López Chargoy hubiera pagado?

¿Ya se habría salvado el Puebla?

¿Leones Negros no tendría esperanza?

¿Luis Noriega tendría con quien asociarse en el medio campo?

¿Matías Alustiza sería el líder goleador de la Liga MX en solitario?

¿Ya habría debutado con La Celeste?

¿River habría ganado la Copa Sudamericana 2014?

¿Quién hubiera sacado del ostracismo a River, apenas hace unas horas, en el juego de ida contra Boca?

Hoy por hoy nadie es imprescindible. Nadie debería de serlo en un equipo de fútbol, donde juegan 11, más otros siete se mueren de ganas por entrar, y otros tantos, con los mismos deseos, lo observan desde la tribuna porque no tuvieron cupo en la convocatoria para la jornada en turno.

Si no eres Messi o Ronaldo, difícil que tu escuadra te extrañe tanto.

Pero acá en nuestra América Latina le pasó a River y le pasa a Puebla con el mismo ente particular, El Pato, El Tortuga Ninja, Donatello, Carlos Sánchez, un mediocampista 4×4, que lo mismo destruye que construye, un jugador que marca la diferencia, un futbolista que dignifica la profesión.

Dejó huella en el Cuauhtémoc

La imposibilidad monetaria o negligencia de la directiva poblana provocó que la estadía de Carlos Sánchez en México se limitara a 27 partidos con el Puebla, en la era de Rubén Omar Romano (Apertura 13/Clausura 14).

Sus registros no fueron pobres en la Liga MX, por el contrario. Anotó seis veces y asistió también en el mismo número de ocasiones, pero su valía pasaba más por el liderazgo, por su profesionalismo contagioso. Inyectaba esa garra charrúa a un plantel tan necesitado de ella.

Fue un baluarte de un equipo que además tradujo su aporte en puntos, ya que de sus seis goles marcados, cinco fueron en triunfos, es decir, fue partícipe activo de 15 unidades como goleador, amén de otros dos triunfos y un empate conseguidos gracias a asistencias suyas.

En total, 22 puntos que hoy suma Puebla en el drama porcentual, llevan el sello, la esencia del uruguayo.

Nada es casualidad

A Puebla llegó procedente de River, donde fue pieza clave para volver a Primera División tras el vergonzoso descenso sufrido en el 2011. Y a River volvió en verano del año pasado, luego de que la afición de la Angelópolis se cansara de llamar «miserable» a López Chargoy por no haber retenido al uruguayo tras la finalización de su préstamo.

«River trae un problema económico bastante fuerte y lo que piden está fuera de lugar. Carlos Sánchez es un buen jugador, pero están fuera de lugar», se excusó en aquel entonces el dirigente poblano.

Así, tras la salida de Carlos Carbonero de River y la negativa de Puebla, Sánchez tuvo que volver al club de sus amores.

Cuando tenía 17 años de edad, allá por el 2002 y tras años de haber jugado al baby en las viviendas del complejo Coami, en Lecocq y Millán, Carlos Andrés Sánchez fue uno de los tres que entre 300 aspirantes pasaron las pruebas y recibieron una oportunidad en el Liverpool (club uruguayo de Montevideo que actualmente milita en la Segunda División).

A dichas visorías, el pequeño Sánchez acudió con una camiseta de River Plate de Argentina, recordó Gonzalo Mattos, dirigente del Liverpool en entrevista para el diario uruguayo El Observador.

Vaya cosa. Llevaba la franja de River desde antes de ser profesional, sin imaginar quizá, que iba ser en ese equipo donde su consolidación lo llevase a la Selección absoluta de su país, un privilegio para cualquier uruguayo.

Lágrimas celestes

Tras su paso por el fútbol mexicano, Sánchez volvió recargado a Núñez. Siempre había sido referente de sus equipos, pero la segunda versión de Carlos Andrés en River llevaba consigo un plus, una dosis extra de talento, de inteligencia en el campo, una mayor ambición.

Siempre humilde y generoso en el esfuerzo, el efecto Sánchez se sintió en el River de Marcelo Gallardo de inmediato. Su aportación fue clave para ganar la Copa Sudamericana, con goles tan importantes como el que le hizo en Paraguay a Libertad, o asistencias puntuales como la que le puso a su compatriota Mora contra Estudiantes en cuartos de final.

Su incremento de nivel no pasó desapercibido por El Maestro, Óscar Washington Tabárez, quien lo hizo debutar en La Celeste en noviembre del año pasado. A sus 29 años, casi por cumplir 30, dio una gran exhibición en el espectacular empate amistoso contra Costa Rica (3-3), donde aportó su pase de gol, nada menos que a Cavani.

Aquella vez lloró de alegría. «Estar en este plantel ya me hace un hombre feliz. En el himno se me cayó una lágrima porque se me vinieron muchas cosas a la cabeza de un momento a otro. Estoy cumpliendo un sueño. Soy una persona privilegiada», declaró tras el debut internacional con la Selección Nacional de Uruguay.

El 2014 cerró muy bien para el pelado. Pero el 2015 traía consigo un nuevo reto, la Copa Libertadores de América, asignatura pendiente para River desde 1996, cuando la ganaron con Crespo, Ortega y el más grande ídolo uruguayo de los Millonarios, Enzo Francescoli.

«U-ru-guaa-yo, u-ru-guaa-yo»

Sánchez no tiene la clase de Francescoli, pero sí la entrega, y la afición de River ya se lo ha reconocido con tremendas ovaciones.

Alguna vez supo lo que era anotarle a Boca en La Bombonera, cuando jugaba en Godoy Cruz, pero con la camiseta millonaria no le había anotado al archirival, hasta el pasado jueves, tras una semana complicada, donde lo vincularon a un lío de faldas con Fernando Cavenaghi.

En un Clásico como el argentino, máxime en instancias definitivas como lo son los octavos de final de la Copa, un acto catalogado como sencillo para el ejecutante, como lo es tirar un penal, se puede complicar.

Pero ahí estuvo el temple de Sánchez, capaz de soportar una deuda de 300 mil dólares por parte del Puebla, solvente para no defraudar el apoyo de 70 mil hinchas en los momentos previos del fusilamiento a Orión, quien le dijo «estás loco si lo vas a tirar ahí», para intimidarlo en el manchón penal.

Fuerte. Abajo. Colocado. Tras observar el movimiento del portero. Bien tirado. Un gol que puede valer el semestre.

Un gol que lo encumbra como ídolo de la Franja Roja, cada vez más lejos del descenso, todo lo opuesto a la Franja Azul, cada vez más lejos de Sánchez, el «u-ruuuu-guaaaa-yo» ovacionado en el Monumental, añorado en el Cuauhtémoc.

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