Más que una estampa eterna

Su imagen con el brazo inmovilizado, jugando los tiempos extra en la semifinal del Mundial de México en 1970, es todo un clásico de las Copas del Mundo, pero Franz Beckenbauer aportó al fútbol mucho más que esa heroica postal.

Sí, fue el técnico yugoslavo del Bayern München, Zlatko Čajkovski, quien en una revolucionaria idea por allá de 1967-68, decidió retrasar unos metros en el campo al famoso Káiser, y dejarle total libertad para salir desde el primer cuarto de su cancha y plantarse en distintas zonas del terreno, todo esto, acompañado de desplazamientos quirúrgicos de sus compañeros de equipo para cubrir los espacios que éste dejaba al momento de salir disparado desde la retaguardia.

Helmut Schön, seleccionador alemán de esa época, quedó fascinado con el accionar de Franz y no dudó en aplicar la idea en el combinado germano, sacrificando incluso la posición de uno de sus mejores defensores, Willi Schulz, quien en más de una ocasión tuvo que ceder su sitio en la defensa para que Beckenbauer se ubicara en esa zona, libre de obligaciones de marcaje personal y con total libertad de decisión para ir y venir, o en su defecto, ser punta de lanza de los ataques partiendo con balón dominado.

Con el tiempo, Beckenbauer perfeccionó la posición de líbero a tal grado de patentar su creación y la manera de jugarla, cambiando así la concepción del juego ante el asombro de los amantes al fútbol que no daban crédito a la idea de que un defensor pudiera, a su vez, convertirse en armador del juego y hasta en goleador sin tener una posición fija.

Fue en 1972 cuando Franz cautivó al mundo tras un duelo en Wembley en el que los alemanes derrotaron, contra todos los pronósticos, a la Selección inglesa por 1-3. Esa noche, Beckenbauer brilló con luz propia en prácticamente todas las zonas del rectángulo verde, llevándose las palmas de un gran sector de aficionados. Algunas versiones aseguran que fue esa misma noche cuando lo bautizaron como El Káiser , sobrenombre con el que se le conoce hasta nuestros días. Otras versiones aseguran que ese calificativo surgió con ocasión de una foto hecha a Beckenbauer en Viena, junto al busto del emperador Francisco José I de Austria.

Ese mismo año Alemania ganó de manera brillante la Eurocopa disputada en Bélgica, venciendo a la URSS por contundente marcador de 0-3 con dos goles de Gerd Müller y uno más de Herbert Wimmer. Después, los alemanes conquistarían el Mundial de 1974 venciendo a la Holanda de Cruyff, reuniendo ya una constelación de futbolistas extraordinarios y en la que el Káiser mantuvo el liderazgo, siempre con el gafete de capitán.

Beckenbauer fue, es y será, figura importante en la historia del fútbol mundial. Su aportación al deporte de las patadas, en efecto, va mucho más allá de una estampa para la eternidad en una semifinal de Copa del Mundo. 

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