Puto

En la televisión y prensa los periodistas deportivos se convirtieron en fiscales del buen obrar. Jueces que, por tanto, en ese papel, se declaran inocentes de cuantos males sufre el país en los temas que les corresponde afrontar. Estoy pensando en aquellos que opinan, tal vez sincera pero cándidamente, sobre el -según ellos- “infame” bramido de ¡puto! en los estadios.

Los opinadores, de pensamiento cada vez más uniforme, sentencian con interpretaciones de índole: “hay que eliminar ese grito tan ofensivo”. Y enseguida comienzan con un laborioso pero deficiente libreto en el cual se instalan, con actitud crítica de fiscalía, en el lugar de los inocentes.

Para decirlo más claro, su juicio comienza con la postura: “yo no soy parte de esta chusma, yo lo que hago es mirar y cuando algo no me gusta, me pronuncio desde el micrófono”.

Las pantallas de televisión, o si gustan, con menor repercusión, también radio, diarios y sitios de internet, sujetan la vida pública nacional a las reglas de un supuesto buen gusto del que, sospecho, ellos se sienten parte.

No es nuevo, claro. La industria de la crítica deportiva televisiva necesita un énfasis, palabras que estén acompañadas de innecesaria formalidad, inútil pose solemne y rebosante seguridad en frases que, por demás, pertenecen a temas apasionantes únicamente mientras dura la emisión futbolera. Eso sí, y no queda más remedio que aceptarlo, el show deja residuos que los espectadores recogen al día siguiente, más por necesidad que por convencimiento, para tener un tema común de conversación.

Pero la transmisión de las ideas en las estelares realizaciones de una pantalla cada vez más chica, no se detiene en el discurso. No. Hay que recurrir al pleonasmo, a la exageración. Se invoca, por ejemplo, a la “encuesta de opinión” (por cierto siempre patrocinada), al fingido respaldo de lo que se promueve como “audiencia” para entonces certificar que lo por todos expresado como indignación va de la mano con una hipotética irritación popular. Esto es, los indignados, hablantes y oyentes, se auto absuelven de los “vulgares” vicios bárbaros.

Y aún peor, los comentaristas, ya convertidos en interventores de las buenas costumbres en materia de comportamiento en estadios de fútbol, al ver que la gentuza no sólo insiste en su atroz conducta, sino que la exterioriza con aullido más vigoroso, se sienten ofendidos, pues su valerosa reprobación no ha sido suficiente para que la muchedumbre ya se porte bien y entonces la FIFA, y ya no digamos el mundo, vea que somos un pueblo civilizado.

Es así. Ese populacho adepto al rugido de ¡puto! cada vez que el portero rival se dispone a servir el balón, ya no sólo está decididamente en contra de los nobles hábitos, sino de los distinguidos fiscales que conocemos como comentaristas deportivos. 

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