Así de simple y absurdo

Uno de los adjetivos que más utilizó la prensa para describir el título de Leicester City fue «milagro». Y a continuación los comentaristas y opinadores se alistaban para explicarlo: «Para mí la clave fue…».

Si nos ponemos muy precisos y vamos al diccionario, el término nos remite a lo inexplicable, sorprendente. También a la casualidad, de ahí la expresión «lo hizo de milagro». Esto es, no tiene explicación. Pero claro, los comentaristas deportivos tienen ahora, además, la capacidad de explicar sucesos que ellos mismos destacan como inexplicables.

San Agustín, hace 17 siglos, es decir, mucho antes de que Leicester se consagrara campeón, dedicó buena parte de su obra a los milagros. A explicarlos, no a hacerlos. Decía que eran elementos ya contenidos en la naturaleza de las cosas, y si Dios se presentaba en forma de un hecho extraordinario, era para reafirmar su presencia. Aseguraba pues que Dios ofrecía hechos prodigiosos para que hombres insensibles resultaran impresionados por la grandeza del Creador. Además de la clara consideración proselitista que tenía de Dios, suponía que la sola existencia de éste desmentía el carácter sobrenatural de los milagros, por contradictorio que esto último parezca.

Siglos más tarde, el auge del racionalismo comenzó a impugnar la trascendencia divina de la vida. Michel Eyquem de Montaigne afirmó que los milagros eran producto de la ignorancia que padecemos sobre la intimidad de la naturaleza. Llamábamos milagro a lo que desconocíamos. La ciencia comenzaba a usurpar el proceso divino.

Entre esas dos visiones contrapuestas tratan de explicar el título de los Foxes, club al que ahora le buscan dentro de su historia y su actualidad razones místicas y espirituales para comprender cómo es que lo lograron. Surgen cuentos y leyendas alrededor del club y la ciudad de Leicester, aunque lo mismo sucedería si el título lo hubiera ganado Southampton, Watford o Cardiff. Podemos dudar incluso que esa capacidad de esclarecimiento de los comentaristas la tenga hoy el mismísimo Claudio Ranieri, quizá tan pasmado como cualquiera de sus aficionados.

Entonces mientras continuamos escuchando fábulas, mitos, fenómenos, prodigios y milagros, sólo digamos que Leicester City Football Club, un club inglés que nunca había sido campeón, compuesto por futbolistas poco renombrados y dirigidos por un técnico italiano sin títulos liga, se coronó hoy en la Premier League con dos jornadas de anticipación. Así de simple y absurdo.

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