La traición del subconsciente

“Hoy es un día de luto, no hay nada qué festejar. El Mundial se ha convertido en un torneo burdo”, dice el comentarista de Milenio, Ricardo Magallán. Esta voz se refiere a la decisión que tomó FIFA para ampliar a 48 los participantes de la Copa del Mundo 2026.

“Serán los jodidos, las islas, los africanos los que aplauden (sic) esta decisión”, anticipa el informante, quien con llamativa firmeza deduce que los países beneficiados serían únicamente los pobres o los subdesarrollados. “Los salvadoreños, los hondureños están festejando. Los de Uganda, los de Senegal”, agregó, delatando fragmentario raciocinio. El angosto razonamiento no le dio para, al menos considerar, que tal vez ese presunto aplauso también se dio en Noruega, China, Suecia, Nueva Zelanda, Austria o Canadá.

Esa noción discriminatoria, seguramente involuntaria, es sin embargo fuente inspiradora de juicios para buena parte de la prensa, particularmente la deportiva. Abundantes son los conceptos con tintes de desprecio que se propagan, especialmente por televisión. En este caso, no se acusa al expositor de ser un desenfrenado racista, pero resulta sugerente que al enumerar los países que él proyecta sobrantes, indeseables o no del todo merecedores de un lugar, lo primero que vino a su mente fue “salvadoreños, hondureños”, esto a pesar de que Honduras ha participado en los dos recientes Mundiales. Ahí está pues la traición del subconsciente.

“Hoy los salvadoreños, los hondureños, los caribeños están festejando. Los de Uganda, los de Senegal. Países que califican de manera arrastrada, casi a gatas”.

La breve exposición que tenía por objetivo mostrar un válido desacuerdo por la decisión tomada, en pocos segundos se desvirtuó en una lista de adjetivos (“burdo”, “jodidos”, “enanos”, “abominable”, “puñalada trapera”, “torneo de barrios”) entrelazados con el nombre de países muy específicos (Uganda, Senegal, El Salvador, Honduras).

Paradójicamente, es la prensa deportiva la que más tiempo dedica al tema de la discriminación. Denuncia actos de racismo en tribunas y cancha, y promueve campañas de concientización. Es también la que realza los Juegos Olímpicos y enaltece el deporte, la universalidad y la fraternidad de la competencia. Se congratula que en dicho certamen participen prácticamente todos los países, encariñándose principalmente con los más pobres, los más pequeños, aun cuando sus deportistas no cuenten con el nivel de los grandes atletas.

¿De dónde surge esta hipocresía? Insisto, el comentarista en turno, Ricardo Magallán, no lo hizo de forma premeditada, ni siquiera intencional, pero así le salió, con toda la transparencia de la ingenuidad. No llegaron a su mente países como Eslovenia, Finlandia o Emiratos Árabes, sino aquellos que en el imaginario colectivo son recurrentes a la hora de referir burla o menosprecio.

Es entonces en este punto donde aparecen las respuestas. No sólo el comentarista es el defectuoso. Un sector amplio del público así se expresa también en su día a día y en diversos temas, tanto así que cuando reciben este tipo de opiniones ni siquiera detectan el desatino. Se ofenden por los comentarios racistas de Donald Trump, pero le dicen “pinche indio” a quien está a su lado.

Magallán, aunque intentó, de fútbol no dijo nada. Pero dijo mucho de sí mismo, y de nosotros.


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