El absolutismo de la fiesta

Bien es sabido que a las fiestas hay que llegar tarde, a nadie le gusta ser el primero. Y menos si eres invitado de lujo. Se deja correr el tiempo justamente para crear expectativa, generar ansia y finalmente lograr una vistosa aparición entre abrazos, besos y aplausos.

Pero ese esperar hasta el último momento implica riesgo. Si se presenta un imprevisto, una emergencia, no habrá manera de acudir, o avisar, o emitir la obligada disculpa a los anfitriones. Ya es muy tarde. El festejo está en pleno apogeo. Los que no están, se lo perdieron.

Es el absolutismo de la fiesta: por más estima que se le tenga al ausente, la parranda continúa. Esto también lo saben los asiduos, lo más duro no es fallar, lo más doloroso es saber que los presentes, de cualquier manera, se divertirán de lo lindo incluso sin ti.  

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